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Nunca renunciar a la verdad

Las batallas y las discusiones políticas suelen alejarse de la verdad para “tener razón” y ganar disputas temporales. Quienes me quieren bien, me han alertado de dos errores comunes que yo cometo al discutir, analizar o escribir: generalizar y ponerle adjetivos a quienes piensan diferente a mí. Es un defecto que observo ahora con mucha más atención que antes, gracias a personas que tienen la confianza de decírmelo de frente y sin suavizarlo. Me ayuda y me hace crecer porque es la verdad. Sería una tontería de mi parte aferrarme a un defecto, sólo por conservar intacto a mi ego. Corregirlo me ayuda a discutir, analizar y escribir mejor, pero también me hace más empático con los demás. Evitar las generalizaciones y los adjetivos me obliga a ver la vida desde el punto de vista del otro, y eso es imprescindible para alguien que quiere servir a su país, a través de la verdad. Y la verdad es que México es muy complejo y diverso. La verdad es que por años hemos olvidado a millones de mexicanos que viven sumidos en una pobreza que parece inescapable, y rodeados de una violencia que parece imparable. La verdad es que quienes pertenecimos a gobiernos anteriores les fallamos, porque no hicimos lo suficiente. La verdad es que tienen razón en estar enojados y frustrados con un sistema de poder que los ha abandonado y decepcionado una y otra vez. Pero también es verdad que el gobierno en turno ha sido muy lejano e insensible a sus problemas reales, y su situación es mucho peor que antes. Pero para no generalizar y no utilizar adjetivos gratuitos, pondré cinco ejemplos concretos, con datos duros. 

El primero es el manejo de la pandemia. Esta semana el INEGI reveló que, de 1,096,094 de muertes que hubo en México en 2020 (a diferencia de las 747,784 que hubo en 2019) más de 506,723 mil fueron en el hogar. El exceso de muertes se atribuye, como es obvio, a la pandemia. Hace unos meses, Animal Político había reportado que el 80% de los muertos por COVID tenían escolaridad de preparatoria hacia abajo. Durante la pandemia leímos cientos de testimonios de personas que buscaban desesperados un lugar para ser atendidos, y no encontraban. Los hospitales públicos estaban saturados. La atención era precaria y el heroico personal médico estaba rebasado. Así, la verdad es que la pandemia mató, en gran mayoría, a las personas que el presidente había prometido defender, las que no pudieron pagar un hospital privado para ser atendidos.

Segundo, el desabasto de medicinas. En este espacio escribí ya en varias ocasiones sobre los motivos del desabasto de medicinas. Impunidad Cero, prestigiada organización de la sociedad civil lo documentó de manera precisa en su estudio llamado “Operación Desabasto” de febrero de 2021. En éste se explica cómo las acciones concretas del gobierno provocaron el problema de desabasto generalizado en el sector salud. Es claro que el sistema de salud pública en México ha sido mediocre por décadas, y que antes había también corrupción y problemas de desabasto. Pero no era generalizado, sistémico y menos provocado. Hoy, el sistema completo está destruido, y los riesgos de corrupción se multiplicaron. Según Mexicanos Contra la Corrupción, el 91% de los medicamentos han sido adquiridos por adjudicación directa, con los enormes riesgos de corrupción, ineficacia y corrupción que esto significa. En los hospitales públicos no se atienden las personas de clase media que desprecia el presidente, sino las personas que juró proteger. Así, los más afectados por su política de salud son los más pobres, esa es la verdad.

Tercero, la violencia sin control. Esta semana el presidente “presumió” que el número de homicidios se había estabilizado en 36 mil por año, el número más alto de la historia. Es el inicio de sexenio más violento de la historia, según cualquier medición oficial. Pero no sólo eso, el presidente ha mentido también abiertamente respecto del “éxito” de su política de seguridad. La impunidad se mantiene alrededor del 80% en el promedio de los diferentes delitos, los decomisos de drogas y armas se encuentran en mínimos históricos, y varios estados del país están en manos del crimen organizado. ¿A qué tipo de comunidades impacta más la violencia y la inseguridad? A las que no tienen recursos económicos para proveer su propia seguridad, esa es la verdad.

Cuarto, la pobreza en México. De acuerdo con el CONEVAL en 2020 más de 10 millones de mexicanos cayeron por debajo de la línea de pobreza. Esta semana, una vez que el INEGI publicó los resultados de la ENIGH (Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares 2021) diversas organizaciones especializadas como el Instituto de Estudios sobre Desigualdad aseguraron que sólo el 32% de la población más pobre recibe programas sociales y que “la política social en México es regresiva” (cita textual). Así, la política social de este gobierno provoca pobreza, y esa es la verdad.

Quinto, la educación. La pandemia ha sido brutal para la educación de todos los niveles y sectores socioeconómicos en México. Pero el impacto mayor será para los alumnos de educación pública básica. Según Mexicanos Primero, organización especializada en educación, la pandemia ha significado un retroceso en la gratuidad de la educación en México, pues para continuar con sus estudios a distancia, el 43.6% de las familias que no tienen internet o datos móviles en su celular tuvieron que pagar algún servicio de conectividad o desplazarse fuera de sus hogares para mantener contacto con los docentes. El 65.9 por ciento utilizó el celular para continuar con sus clases a distancia; el 17.9 por ciento, la computadora; tableta, 4.8 por ciento. El resultado del estudio reflejó que el logro de aprendizaje fue superior en quienes pudieron mantener contacto directo con sus docentes, en comparación con quienes solo siguieron la programación televisiva. Así, las familias más pobres resentirán de peor manera el retroceso en educación provocado por la pandemia, por la ausencia de políticas públicas eficaces en este sector.

Esta es la situación de quienes confiaron en este gobierno. Y la verdad es que este gobierno no ha dejado de mentirles. En los 5 ejemplos que utilicé el presidente ha cantado victoria y ha asegurado que “van muy bien” (cita textual repetida en diversas ocasiones), que no van a corregir y que no escucharán a los críticos. La verdad es que no les interesa el resultado concreto de sus políticas, sino la percepción de sus fieles. La verdad contradice a su discurso. Por eso es nuestra obligación seguir buscando la verdad, y exponerla, sin adjetivos ni generalizaciones, para poder construir una alternativa mejor para todos. 

Ya no la cagues, por piedad

Ningún presidente en la corta historia de nuestra democracia tuvo condiciones tan favorables para hacerla en grande, como el que hoy nos gobierna. En palabras del clásico, la tuvo, era suya, y la dejó ir. 

De manera arbitraria me remonto sólo hasta el inicio de la transición a la democracia para no aburrirlos. En 1988 Carlos Salinas de Gortari ganó la presidencia en una muy cuestionada elección, plagada de trampas e irregularidades. El sistema electoral se cayó y se calló y nunca supimos el resultado real. Los dos candidatos de oposición lo denunciaron abiertamente y el presidente Salinas tuvo que gobernar siempre bajo la sospecha de fraude, cuestionado incluso por buena parte de su partido y con un país enojado, que apenas salía de la crisis de 1987 y el sismo de 1985.

Ernesto Zedillo llegó a la presidencia después de que le mataron al candidato a quien le coordinaba la campaña. Lo escogieron a él porque era el único secretario del gabinete que había renunciado a tiempo y cumplía con el requisito constitucional. El PRI tuvo que gastar cantidades absurdas de recursos para arrebatar la victoria. En los primeros 20 días de su gobierno la economía se desplomó, y tuvo que gobernar con la sombra del magnicidio y administrando la crisis económica.

Vicente Fox llegó a la presidencia después de arrebatar a su partido la candidatura, y sin el apoyo de buena parte de éste, tuvo que formar un gabinete compuesto por personas que se sentían dueños de la transición. Con el congreso, la mayoría de las gubernaturas y los congresos locales en manos del PRI, además de los sindicatos y todo el aparato administrativo, fue incapaz de construir un gobierno nuevo y sin peso muerto.

Felipe Calderón ganó una muy apretada elección, e inició su gobierno con la mitad del país gritando fraude. Aunque nunca se probó ni uno solo de los argumentos, esta sombra permitió al candidato perdedor crecer y estorbar todo el sexenio. Con el congreso sin mayoría propia y los gobernadores atrincherados en sus estados, su gobierno nunca pudo crear una identidad propia y un paso sólido.

Enrique Peña fue un gran candidato. Logró lo impensable: que la gente creyera que la quimera del “Nuevo PRI” era algo real y digno de confianza. Pero pronto se hizo evidente que esa gran coalición de priistas que se unió al candidato sólo era una manada de lobos que verían por su propio interés, en cada uno de los cargos repartidos. Nunca fue un gobierno en torno al presidente, sino un conjunto de grupos haciendo negocios propios con el pedazo de poder a su disposición. 

López Obrador llegó al poder en caballo de hacienda. Reivindicado en su discurso de la “mafia del poder” por el gobierno saliente obtuvo una votación histórica de personas convencidas y llenas de esperanza. Recibió un país con una economía mediocre pero estable, y las finanzas públicas más sanas en años. El Congreso más dócil de la historia democrática, los medios de comunicación a su disposición todos los días y los empresarios de México dispuestos a colaborar. La lideresa del otrora sindicato más poderoso del continente estaba en la cárcel y los demás sindicatos en ruinas, administrados por viejos dinosaurios sin poder real. La economía de Estados Unidos crecía y la inversión extranjera estaba dispuesta a creer en el nuevo proyecto. Era dueño absoluto de su partido y tenía a la oposición en franca retirada, apanicados y sorprendidos por la derrota que acababan de recibir. 

¿Qué hizo en 18 meses con todo eso? Quemar todos los puentes, destruir la confianza de propios y extraños, violar sistemáticamente la Constitución y las leyes, atacar instituciones fundamentales para la democracia, destruir proyectos de inversión fundamentales y viables, a favor de otros inútiles e inviables, atacar a medios de comunicación y opinadores que no le son cómodos, apostar el presupuesto al rescate de un Pemex en ruinas y a programas clientelares que no generan crecimiento, militarizar la seguridad pública y arriesgar el prestigio de nuestras fuerzas armadas con cientos de contratos de obra pública, por decir algunas cosas. 

Cómo se ve México hoy, 18 meses después:

  1. Este año se calcula que habrá 10 millones de personas nuevas en situación de pobreza
  2. La economía caerá entre -8 y -10% en términos de Producto Interno Bruto
  3. Hay más de 53 mil víctimas de homicidio en estos 18 meses
  4. 12 millones de personas perdieron su ingreso en un mes
  5. Se pierden 8 empleos por minuto
  6. Salen miles de millones de pesos del país y la Inversión está en su peor nivel en años
  7. Morena, el partido en el poder, vive una guerra interna con acusaciones penales de lavado de dinero, entre ellos mismos, y al más alto nivel
  8. Un presupuesto federal que es ya una ficción fiscal, con cráteres más grandes que la luna
  9. Medios de comunicación y empresarios hartos de la situación del país, y más hartos aún de ser llamados enemigos de la transformación
  10. Un país completamente dividido y sin grandes esperanzas
Ilustración: Marco Colín

Hay dos grandes lecciones de todo esto. La primera es que gobernar es una muy difícil y compleja responsabilidad. Incluso con las mejores condiciones se puede hacer un desastre, si no hay pericia, rumbo, proyecto, experiencia y capacidad.

La segunda lección es que siempre se puede estar peor. No hay un piso para la tragedia. Las cosas no mejoran sólo por haber llegado al peor lugar. 

Estamos a tiempo de aprender, finalmente, de estas dos lecciones. Es momento de empezar a pensar en el proyecto de país que queremos. Es momento de construirlo, de ponerlo en blanco y negro, de soñarlo y de ponernos a trabajar para construirlo. No se construye solo, es momento de poner a las grandes mentes de México a trabajar.

Y ahora ¿Qué hacemos?

Es la pregunta que siempre me hace toda persona que expresa su frustración con el estado actual del país. “Estamos hasta la madre” se escucha y se lee por todos lados. Es difícil encontrar hoy a una persona que sinceramente diga que está feliz y satisfecho con el país que somos hoy.  

El país se divide básicamente en tres: quienes apoyaron la opción política que hoy gobierna y la defiende vehementemente, quienes votaron en contra y critican vehementemente a quienes hoy gobiernan, y una masa gigante de ciudadanos que prefiere no participar en este diálogo de sordos.

Los primeros han tenido que pasar los primeros 18 meses de gobierno tratando de defender pésimas decisiones de política pública que siempre criticaron, la destrucción de importantes instituciones del Estado mexicano que antes apoyaban (algunos de ellos ayudaron a crearlas), escándalos de corrupción constantes que antes denunciaban y un rotundo fracaso en temas torales como la seguridad, la violencia, la economía, el empleo y por supuesto, la pandemia. Digan lo que quieran, pero yo no los veo felices. Su vida está volcada en buscar enemigos, pretextos y salidas absurdas para explicar por qué no hay un solo rubro esencial que tenga, aunque sea, un magro resultado positivo. Su mayor “felicidad” parece expresarse cuando dicen “Le toca perder también a los que siempre ganaban”. No veo mucha felicidad en la miseria de otros. En el mejor de los casos es el mundano placer de la venganza.

Los segundos hemos pasado los mismos 18 meses observando la debacle, señalando los errores, criticando las malas decisiones, documentando y analizando las consecuencias y gritando nuestra desesperación por todos los canales disponibles. Y no mucho más. No es poco, pero es absolutamente insuficiente para mover algo, para cambiar algo.

Ilustración: Marco Colín

Los terceros, ellos siguieron con su vida. Se alejan lo más que pueden de esta discusión entre dos bandos que se gritan, pero no se escuchan. No les interesa entrar al debate, pero sufren igual que todos la violencia, la debacle económica, la pérdida de empleos, el pésimo manejo de la pandemia y la corrupción fuera de control. Difícil encontrar en este grupo a alguien que diga que México está pasando por un gran momento. Por lo menos yo, no conozco a nadie que lo diga.

No me toca a mi ocuparme del primer grupo. Ellos sabrán hasta cuando hipotecan su dignidad para defender un proyecto político que ya fracasó, y que sólo le queda ahora administrar y contener toda la destrucción y frustración que han provocado.

Le escribo a quienes no saben qué hacer para cuidar lo que queda de país, y que quieren participar en la reconstrucción.

Este texto es una continuación de lo que escribí la semana pasada. Por eso, lo primero que recomiendo es ser un CIUDADANO POLÍTICO. Les dejo aquí las 10 cosas que creo que hace un ciudadano político. https://maxkaiser.com.mx/2020/06/06/el-ciudadano-politico-no-mas-tlatoanis/

“Muy bien, hago esas 10 cosas, ¿y luego?” se preguntarán.

Déjame proponerte 5 cosas más, muy sencillas y concretas, para empezar a recorrer un nuevo camino:

  1. No seas “Anti” nadie, es un gran desperdicio de energía. Las personas son efímeras y temporales, no duran, y un día se van. Si vas a ser “Anti” algo, que sea una causa: anti abuso infantil, anti violencia, anti contaminación, anti corrupción, anti opacidad en el gobierno. Eso puede aprovechar tu energía de manera más eficiente y permanente.
  2. Acompáñate, organízate, súmate. Esta lucha no puede hacerse desde la comodidad de tu hogar, ni en solitario. La sociedad civil organizada en México ha crecido en los últimos 10 años como nunca. Hay un sinfin de organizaciones que defienden diversos temas con una amplia experiencia técnica, presencia y buena organización. Súmate a una, aporta tu tiempo, experiencia o por los menos, recursos.
  3. Escoge bien. Como en cualquier sector, hay de todo. Organizaciones serias con gran vocación, experiencia y prestigio, y otras que sólo aprovechan el membrete para esconder agendas privadas. No es difícil distinguirlas. Revisa siempre quién las financia, para qué, qué han producido, quién está detrás, quiénes las integran, y sobre todo, quién da la cara. 
  4. Empieza por tu barrio. Viviríamos en un país muy diferente si todos nos ocupáramos de nuestra calle, antes de querer cambiar al país. Ocúpate de tener un barrio seguro, limpio, próspero y en paz, antes de querer cambiar el destino del país.
  5.  Establece una relación directa con tus representantes. Todos tenemos un diputado local, uno federal, tres senadores, un presidente municipal (o Alcalde para los chilangos) y un gobernador con los que puedes establecer contacto directo y decirles lo que esperas de ellos. Cada día es más fácil, y sí les preocupa. En especial, porque ya hay reelección inmediata, y todos ellos van a buscar pronto tu voto (salvo los gobernadores que no se reeligen, pero siempre quieren ser algo más).

Quizá estas 5 ideas no muevan de inmediato al país en una nueva dirección, pero te aseguro algo: por lo menos harán que sientas que hiciste algo, que lo intentaste, que tu estabas ahí cuando México empezó a cambiar. Vale la pena intentarlo. 

El Ciudadano Político (No más Tlatoanis)

La política es demasiado importante como para dejarla en manos de unos cuantos políticos. La palabra POLÍTICA viene del latín «politĭcus», y ésta a su vez de la palabra griega que denomina la ciudad: «polis» (πολιτικός). 

Los asuntos de la polis, de la ciudad, de nuestro entorno. Nuestros asuntos, los que definen nuestra vida entera, todos los días, dependen de LA POLÍTICA. De ahí el origen de la palabra.

¿No me crees? Sígueme en este día normal de tu vida:

La hora a la que te levantas, el precio y la disponibilidad del café que tomas; el origen y el camino que recorrieron los huevos revueltos que te preparas; la disponibilidad y calidad del agua con la que te bañas; el origen, el precio y las características de manufactura de la ropa que te pones; el tiempo que haces a tu trabajo y los medios de transporte que puedes utilizar; la seguridad con la que recorres las calles; el tipo de trabajo que tienes, el sueldo y las prestaciones de las que gozas; la seguridad contra el acoso y la discriminación que existe en tu lugar de trabajo; la capacidad de llevar una buena vida con el sueldo que percibes; la posibilidad de cuidar de tu salud, si ese día te enfermaste de algo; la posibilidad de llegar a tu casa a buena hora para gozar de tu casa y tu familia; la posibilidad de que esa casa sea propia y tu patrimonio esté seguro; la tranquilidad de ir a dormir sin preocupaciones porque estás generando ahorros para tu retiro que están seguros; la tranquilidad de saber que al día siguiente tus hijos irán a una buena escuela, con la infraestructura suficiente y maestros bien preparados; todo esto que pasa en un solo día, depende de LA POLÍTICA. 

Por eso, nunca he entendido a alguien que dice “A mi no me interesa la política”. Lo único que puedo pensar es que a esa persona no le interesa cómo vive, o que cree que hay personas preocupadas y ocupadas por su calidad de vida.

La segunda explicación es la más arraigada, creo yo. Desde hace algunos años los ciudadanos creemos que, en una ciudad, en un país, hay dos tipos de personas: los que hacen política y los que sufren los resultados.

Esta visión pasiva de la política es muy limitada. Implica que los ciudadanos tenemos que confiar en que un bonche de personas se ocupará de entender nuestras necesidades, ser sensibles a nuestros deseos, hacer a un lado sus propios intereses, estudiar el contexto, conocer las alternativas, escoger las más apropiadas y hacer que se implementen debidamente. Es demasiada confianza para un manojo de personas comunes, con ambiciones de poder.

Es una expectativa falsa, floja, inocente y, por lo tanto, siempre muy frustrante. 

La única distinción que debería existir en nuestra mente es: quienes se dedican profesionalmente a la política, y cobran para representar los intereses de todos; y los ciudadanos que hacemos política todos los días para mejorar nuestra vida.

“Entonces, ¿tengo que hacer política?” te estarás preguntando, enojado conmigo, y pensando en todo lo demás que tienes que hacer en la vida. Sí, pero no como estás pensando. No te tienes que afiliar a un partido político ni ir a un mitin. 

Te propongo que un ciudadano político es una persona, de cualquier edad, que todos los días hace 10 cosas:

  1. Conoce sus derechos, en todos los aspectos de su vida
  2. Conoce los canales para hacerlos efectivos
  3. Se organiza con otras personas para hacerlos efectivos, siempre
  4. Entiende qué es el gobierno y cómo debe funcionar, por lo menos lo básico
  5. Se informa de lo que hacen el gobierno nacional, el local y el municipal, a través de fuentes adecuadas
  6. Se enoja cuando no hacen bien su trabajo y lo expresa con vehemencia, por todas las vías que puede
  7. Participa en la creación y discusión de alternativas, y busca canales para promoverlas
  8. Tiene alguna causa social en la que sirve permanentemente, porque entiende que el gobierno no alcanza para todo
  9. Ve a los demás ciudadanos políticos como iguales y se hace responsable del ejercicio de sus libertades, teniendo en cuenta las libertades y los derechos de los otros
  10. Ejerce su derecho a votar con responsabilidad, después de haber hecho todo lo anterior

Un CIUDADANO POLÍTICO se hace responsable del lugar en donde vive, y por eso no necesita Tlatoanis, no necesita de un Mesías que todo lo sabe, y que trata de imponer su moral e intereses políticos, porque un CIUDADANO POLÍTICO decide por sí mismo qué necesita para hacer su vida y la de los suyos mejor.

Ilustración: Rictus

¿Te imaginas qué país tan diferente seríamos si todos intentáramos ser CIUDADANOS POLÍTICOS? ¿Te imaginas lo diferente que sería México si todos asumiéramos estas 10 sencillas responsabilidades? ¿Te imaginas qué diferentes tendrían que ser los servidores públicos a los que les pagamos para que nos representen? Los políticos sabelotodo se convertirían en bufones del pasado, y nos ocuparíamos de tener buenos representantes de todos y para todos.

Así ¿No te gustaría empezar por ti? ¿No te gustaría empezar hoy a ser un CIUDADANO POLÍTICO? ¿Ves alguna otra alternativa? Yo no. Y creo que aún estamos a tiempo de recuperar nuestro país. 

Ya deja de decir mamadas

Aplica para todos, incluido yo.

Estamos ante la tormenta perfecta, que nos ataca desde varios frentes, y seguimos creyendo que la vamos a sortear mejor, si todos los días decimos mamadas inútiles para sacar nuestras frustraciones. 

Ilustración: Marco Colín

Es como si un pasajero del Titanic se acercara a la banda de música que seguía tocando mientras se hundía el barco, para reclamarle por su selección musical: “Deje de tocar Mozart que es muy corriente para esta sección del barco”. “Deja de decir mamadas y ayuda a salvar a los niños, carajo” le diría el músico enojado, que sólo trata de hacer su parte en medio del desastre.

La Tormenta Perfecta que viene está compuesta de 5 elementos: 

  1. Un virus que aún no conocemos bien, que no se dejar domar, que sigue esparciéndose y matando gente, y que nos llena de ese miedo paralizante y ensordecedor, difícil de superar; 
  2. La destrucción de la economía desde la base, es decir, desde la gigante cadena de empresas de todo tipo, que aportan la mayor cantidad de empleos, que sostiene a millones de familias mexicanas, que hoy no tienen ventas y por lo tanto carecen de ingresos, y que así mueren de inanición cada día; 
  3. La violencia de la calle que no cesa, y que sigue rompiendo récords, a la que dramáticamente se le suma ahora el fenómeno creciente de la violencia interna, la de las familias, la de las casas, que estaba escondida y al parecer está fuera de control;
  4. La corrupción rampante de todos aquellos miserables inhumanos que ven en esta tragedia una oportunidad para hacer todo el dinero que su miseria y mediocridad no les había permitido generar en situaciones normales;
  5. Y todo esto sucede ante los ojos sorprendidos e incapaces de un gobierno que hace un año celebraba la gran “transformación” que nunca llegó, que ya se quedó sin dinero, que prefiere mantener el orgullo de continuar con tres obras inútiles que rediseñar todo el gasto público, que apuesta todo su capital político a mantener a la clientela que retiene con regalos mensuales en efectivo, que viola la Constitución y la ley a través de decretos cargados de coraje y resentimiento, que no escucha alternativas porque ama el aplauso fácil de los porristas inútiles, que quema puentes con todos los que no le echan porras, y que no parece tener la menor intención de cambiar el rumbo.

Esa es la Tormenta Perfecta. Nos va a pegar con tubo a todos. Por desgracia, y como sucede siempre, a unos les va a pegar más rápido y más profundo que a otros. Pero a todos nos va a golpear. 

Podemos hacer poco para evitar el madrazo, pero podemos hacer mucho para reducir su fuerza y su impacto. 

En su libro Sapiens, Yuval NoahHarari hace un impresionante recuento de la historia de la humanidad, y concluye que las grandes crisis las hemos superado a través de la COLABORACIÓN.

No a través de la unidad, tampoco a través de la homogeneidad, y menos con la uniformidad. La colaboración es esa capacidad que tenemos los seres humanos de mantener nuestras diferencias, conservar nuestra INDIVIDUALIDAD, pero trabajar en proyectos comunes que son benéficos para todos. 

Se trata de trabajar mano con mano en todas aquellas cosas que nos hacen bien a todos como la justicia, el medio ambiente, una economía más justa y sustentable, la disminución de la violencia y la desigualdad, por mencionar unas cuantas.

Así, no te tengo que caer bien, ni tu me tienes que caer bien a mi. No tienes que creer en lo mismo que yo, ni apoyar al mismo partido, sólo tenemos que ver aquello que ambos necesitamos para vivir bien y en paz, y ponernos a trabajar.

Por eso YA DEJEMOS DE DECIR MAMADAS y pongámonos a trabajar en una agenda común de temas nacionales, como una base sólida para la reconstrucción de este país.

Sobre la congruencia

Congruencia es claridad

Pedir congruencia no es pedir perfección, sino claridad. Todos somos falibles, y estamos llenos de imperfecciones, pero unos las esconden señalando las de otros, y hay quienes simplemente las aceptan y las exponen sin temor. Los segundos ofrecen claridad, los primeros confusión. 

Yo prefiero la claridad. Prefiero a las personas que siempre son como son, en contextos y momentos distintos. Me es más sencillo entender a las personas que se ríen de sus propios defectos, que aquellas que se ríen de los defectos de otros. Admiro a las personas que trabajan en sus propias carencias, y me alejo de aquellas que sólo están buscando las carencias ajenas.

Congruencia es correspondencia, no infalibilidad. La propia pretensión de ser infalibles es absolutamente incongruente con nuestra naturaleza humana. Somos siempre seres en construcción, y es precisamente la experiencia, los errores y las malas decisiones las que nos ayudan a ser mejores personas. 

La confusión entre congruencia y perfección es muy común en todas nuestras relaciones. Es común pensar que un amigo, mi pareja, un hijo o un jefe me piden perfección, cuando en realidad sólo quieren un poco de claridad y correspondencia entre lo que digo y lo que soy. 

Esta confusión es también muy común en la política. Los ciudadanos perecemos exigir de los políticos perfección, cuando sólo necesitamos claridad. Y ellos, por su lado, entienden que lo más importante es parecer, y no ser, para llenar la expectativa. 

Así, la democracia se ha convertido en un peligroso y aburrido juego de artistas que dedican su vida a construir una imagen de perfección, para luego dedicar la otra mitad de su vida a cuidar que nadie descubra que todo era una farsa. Y por eso nunca tienen tiempo para gobernar y dar resultados. Están cuidando ese incongruente castillo de naipes que se cae al primer soplido.

El gobierno actual está compuesto por personas que dedicaron los últimos 20 años a señalar todas y cada una de las fallas políticas y personales, de todos los que ocuparon el poder en esos años. Hasta ahí, todo bien. Esa es precisamente la tarea que cumple quien desde la sociedad vigila al poder. 

Pero cometieron dos errores. El primero fue que la mayoría de sus juicios se fundaron en una base moral, que solo tenía dos cajones: los buenos y los malos. Los buenos eran ellos, los que señalaban. Los malos eran los poderosos, los señalados. No había matices. Nunca los hay cuando se utiliza ese efímero concepto llamado la moral.

El segundo error es que prometieron que al llegar al poder serían diferentes. Es decir, que a ellos el poder no los transformaría.

Y pasó lo obvio. El poder los desnudó. No los transformó, simplemente los encueró. Y hoy, sufren desde el poder ese mismo estándar que los hizo populares y los llevó al poder: dos cajones, los buenos y los malos, y los malos siempre están en el poder. 

Las duras decisiones que se tienen que tomar desde el gobierno no permiten valoraciones morales simplonas con dos rígidos cajones. Pero ellos hicieron popular ese criterio. 

Ya ni siquiera es posible llevar registro de todas las veces que han hecho o dicho algo que criticaron ferozmente en el pasado.

Y esa incongruencia es brutalmente visible y confusa para muchos. Ahí está, todos los días, en decisiones de gobierno que afectan vidas humanas.

El pedestal de superioridad moral en el que estaban se destruyó, y hoy sólo les queda tratar de gobernar, así, como simples mortales falibles.

La pregunta es ¿Y ahora que hacemos? Y no, como preguntaban las personas en el Chapulín Colorado “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”

Lo que necesitamos es construir entre todos una gran coalición de líderes congruentes, imperfectos, éticos e íntegros, que pongan su experiencia, su tiempo y su capacidad en la reconstrucción de por los menos cinco grandes temas: la salud, la seguridad, la economía, la educación y el cuidado de nuestro entorno. 

Rechacemos la superioridad moral, en favor de los liderazgos congruentes. 

Un Nuevo Político

Se vale soñar.

Se vale imaginar un lugar mejor. Más hoy, que nos encontramos encerrados entre cuatro paredes, en el mundo privado, con los nuestros, donde el tiempo parece no transcurrir de la misma manera, y cada latido del corazón se escucha y se siente. Es el mejor momento para soñar e imaginar.

Aquí estamos, viviendo algo que no imaginábamos. La vida nos puso un freno de mano. Brutal, inesperado, difícil de asimilar y muy largo. Un bicho que no podemos ni ver, nos puso a temblar, y nos hace percibir la debilidad de todo lo que habíamos construido.

Ilustración: Marco Colín

Tiemblan las instituciones económicas, las académicas, las democráticas y las sociales, y todo por culpa de algo tan diminuto que bien podría estar en cada una de las teclas que toco en este momento, o no. 

La soberbia nos había llevado a pensar que teníamos todo resuelto. Los seres humanos nos sentíamos amos del mundo, y no éramos amos ni siquiera de nosotros mismos.

Unos cuantos días encerrados y ya no sabemos qué hacer, a quién acudir, a quién pedir ayuda, cómo pasar el día, sin querer madrear a alguien o recurrir a una anestesia. 

Pero no todos tienen la misma fortuna de poder parar y cuidarse. Y se mueven por las calles y las estaciones del metro exponiendo a cada instante una frágil salud, que la precariedad tiene siempre al filo de la navaja. Los que siempre olvidamos, quienes hoy podemos parar. Los que no queremos ver, pero están ahí. Los que no queremos asumir como parte de nuestra responsabilidad. Ellos, no pudieron parar y la van a pasar muy mal. Cuando salgamos del encierro ahí van a estar, llenos de miedo y enojo, porque no hay trabajo y el dinero se mueve más lento que nunca. Muchos de ellos cargarán además la pena de un familiar que tuvo que sufrir la enfermedad, en uno de esos terribles centros de insalubridad pública, que también olvidamos, y nunca queremos ver. 

Ahí van a estar, y nos van a ver salir de nuestras casas. La mayoría de nosotros, con capacidad para reconstruir nuestras vidas. Asustados y enojados, pero listos para volver a empezar.

Y todos, ellos y nosotros, vamos a voltear a ver a los políticos, esperando respuestas. Y éstas no van a llegar. Porque no las tienen, porque no saben qué hacer, porque sólo están entrenados para dar lo mínimo necesario para conservar el poder. Es culpa nuestra. Lo hemos permitido. Los hemos dejado tomar todo lo que pueden, a cambio de muy poco.

Ahora, imagina que, como ya sabemos que ahí no están las respuestas, volteamos a otro lado. Imagina que dejamos a los políticos de siempre solos, para que resuelvan sus problemas con sus propios egos. Los dejamos solos haciendo berrinche porque no son más el centro de atención, porque no los necesitamos, porque ya sabemos que no tienen nada qué ofrecernos. Los dejamos en sus oficinas buscando explicaciones ¿Te imaginas?

Y entonces, imagina que nos volteamos a ver a los ojos todos los demás, los ciudadanos que antes vivíamos separados, nos encontramos en la calle, con el mismo miedo y la misma incertidumbre. Nos vemos y encontramos todo lo que nos hace iguales. Recordamos que todos vivimos en el mismo lugar. Asumimos entre todos que un país puede ser una simple construcción artificial de límites y reglas, o el hogar común de personas que quieren vivir en paz.

Nos vemos a los ojos y nos saludamos. Imagina esa sensación de humanidad. De encontrar en alguien diferente, a otro ser humano que tiene el mismo miedo que tu, y que sólo quiere una cosa, ser feliz, igual que tú. 

Imagina que ambos olvidan por un rato todo lo demás, y sólo se preguntan mutuamente cómo pueden servir. Los dos encuentran una tarea, y sirven juntos un rato. Y después, cada uno regresa a su casa. Y al día siguiente, sales de nuevo, te topas con alguien más, y sin preguntar nada más, ambos preguntan “¿cómo te puedo servir?”

Y así, todos los días. Todos salen a la calle, sirven un rato, y regresan a sus casas. No califican a quienes sirvieron con ellos, no los evalúan, no los clasifican, no les ponen etiquetas, no los ubican en un sector u otro, no los violentan ni los agreden. Sólo sirven juntos, con una sonrisa, una sonrisa enorme porque ambos están trabajando en la reconstrucción del país. Y después, cada uno regresa a su casa, en santa paz y quietud. Con la satisfacción de haber servido.

Conste que les dije que era un sueño. Un sueño de encierro. Pero trata de imaginarlo conmigo. Imagina que aprendimos la lección. Imagina que ya asimilaste que vivir peleado contigo, con tu entorno, con tu país, con quienes lo habitan y quienes lo gobiernan, no ha servido de nada. Asimilémoslo juntos de una buena vez. 

Imagina ese país en el que la mayoría de la gente utiliza la mayor parte de su tiempo y energía para servir a otros. En ese país, ¿qué tipo de políticos caben? ¿qué tipo de políticos serían aceptables para gente que todos los días sale a servir a otros, para reconstruir un país?

¿Cómo encajarían los políticos irresponsables, huecos, deshonestos, inútiles e incapaces de hoy en un país de gente que sirve para servir, que vive para servir? Fácil, no encajarían, y pronto, quedarían en desuso. No volveríamos a darles el poder jamás.

Y requeriríamos entonces de un nuevo tipo de político. Uno que se haga responsable de todo lo que hace, dice o deja de hacer. Uno que está completo y se siente suficiente, y por lo tanto puede servir sin pedir que lo sirvan, y tiene a la Integridad como el eje central de su vida. Uno que tiene sustancia, porque sabe que no sabe todo y por eso estudia, lee, analiza, entiende, pero también porque prueba lo que estudia, porque crea cosas que ponen a prueba su conocimiento. Uno que falla una y otra vez, y aprende, y corrige. Uno que da resultados y no busca aplausos, porque sólo quiere servir. 

Ese sería el único tipo de político que aceptaríamos como Líder, y estaríamos siempre pendientes de mantenerlo en el camino, porque haríamos equipo con él, porque no queremos ser como éramos antes. Porque ya aprendimos la lección. 

¿Te imaginas? Yo sí, y se ve increíble ese país. Te invito. 

Las Locas Aventuras del Moches

Capítulo 8

Por Max Kaiser y Rictus

(Sátira política basada en casos y estrategias de corrupción reales, con personajes completamente ficticios, pero muy parecidos a los que conocemos tú y yo)

Las palabras del Plomero retumbaban en su cabeza, “entrar a las grandes ligas” de la corrupción era su sueño dorado de toda la vida.

El Moches soñaba con “retirarse”: ese momento mágico en el que el dinero mal habido es suficiente para vivir como millonario, sin tener que volver a trabajar. Así imaginan muchos corruptos la vida de los millonarios a los que tanto admiran en secreto.

Los imaginan tirados en un camastro, en alguna de sus casas, en una paradisiaca playa, con un exótico coctel en la mano, viendo en su Smartphone como crece su fortuna, sin mover un dedo. Esa es la fantasía: tener para gastar a manos llenas, sin tener que trabajar. En su mente existe un monto que, una vez alcanzado, sirve para siempre, y nunca se acaba. En su imaginación, muchos corruptos creen que esa carga horrible de la vida llamada “trabajar”, un día puede evitarse. 

Pero esa fantasía tiene un elemento adicional. En sus sueños, el Moches la ve siempre acostada a su lado, mientras disfrutan ambos de unas Medias de Seda, en su casa de descanso de Caleta, al pie de unas columnas romanas, junto a la alberca gigante en forma de corazón, donde la Venus de Milo de bronce verde finalmente descansa. 

Abundancia Duarte era la asistente de su jefe, en la Delegación Xochimilco. Era una mujer llena de ambición, que siempre lo veía con desprecio. El Moches vivía secretamente enamorado de ella, a pesar de recibir constantes groserías de su parte.

Abundancia Duarte era una mujer voluptuosa, de labios gruesos y melena de colores brillantes. El “animal print” en todas sus versiones parecía ser la única tela aceptable para conformar su vestuario. Al verla, era imposible saber en qué había ocupado más tiempo de la mañana: el peinado lleno de spray, la cara llena de maquillaje de todos colores, o en colgarse todos los adornos que aderezaban su cuello, orejas y muñecas. Sus uñas eran siempre de un largo peligroso, y parecían un espectáculo de colores exóticos. Era gritona y mal hablada. En secreto le decían la Jarocha. Ella odiaba el apodo y podía hacerle la vida miserable a quien descubriera llamándola así. 

Abundancia Duarte platicaba de su infancia en Lomas Verdes, al norte de la Ciudad de México. Presumía ser hija de un famoso empresario de esa zona, y de haber ido a los mejores colegios privados de las Lomas. Pero todo el mundo sabía que había nacido en Alvarado, Veracruz. Un municipio ubicado en la Laguna de Alvarado, pegado al municipio de Boca del Río. Alvarado era famoso en todo México por el folclore con el que habla su gente, que no se guarda un solo adjetivo al conversar. Gritones y divertidos, sus padres eran dueños de un pequeño local de mariscos, del que Abundancia siempre renegó.

Al cumplir 16 años, Abundancia Duarte les rogó a sus padres que la mandaran a casa de una tía que vivía en Lomas Verdes, en la Ciudad de México, y desde entonces no ha regresado a su ciudad natal. Su padre gastó una fortuna en su capricho, y hoy en día, nadie sabe el grado académico que alcanzó. 

En la Delegación Abundancia le exigía a todo mundo que le dijeran la Licenciada, aunque nadie ha visto nunca un título que avale esa exigencia.

El Plomero no preguntaba, Abundancia Duarte era una mujer muy eficaz, que resolvía todos los problemas de su oficina. Con régimen dictatorial y muy malos modos, tenía a toda la Delegación marchando al son que ella tocaba. 

El Moches pasaba por su oficina varias veces al día. Se desvivía en cortesías, elogios y piropos. Abundancia Duarte lo veía con desprecio y siempre le decía “cuando puedas darme la vida que merezco, me buscas Moches”. 

Por eso, “entrar a las grandes ligas” de la corrupción retumbaba en su mente como marimba veracruzana. Finalmente podría darle a la exuberante Abundancia Duarte la vida que merecía. 

“Abundancia, soy el Moches, no cuelgues. Sólo llamo para decirte que pronto podrás tener todo lo que soñaste. Estoy a punto de hacerla en grande” dijo el Moches a través de su celular, acostado en su cama, con una vieja taza del PRI en la mano, mientras tomaba su Nescafé, con la bata puesta y sus pantuflas de panda sucias subidas en la colcha. 

Las Locas Aventuras del Moches

Capítulo 7

Por Max Kaiser y Rictus

(Sátira política basada en casos y estrategias de corrupción reales, con personajes completamente ficticios, pero muy parecidos a los que conocemos tú y yo)

El exjefe del Moches era otro personaje singular. Militante fundador del PRD en los 90, con cargos importantes en las 5 Jefaturas de Gobierno de ese partido en la Capital del país. Miembro de la tribu cercana al carnal Marcelo. De esos que sufrió la gran traición del 2012, que arrancó a su jefe político la candidatura a la presidencia de la República, a pesar de estar arriba en todas las encuestas internas.

El Plomero, le decían por su gran capacidad de meterse a todas las tuberías y hasta las cañerías mas profundas, para lograr todo tipo de acuerdos. Era capaz de conectar cualquier tubo y hacer que fluyera el agua de un grupo a otro. Solía estar en las áreas de finanzas, porque era experto en hacer fluir los recursos públicos de un lugar a otro, por tubos invisibles que nadie notaba. Como buen plomero, cobraba muy caro cada trabajito.

El cargo como Delegado de Xochimilco que había tenido era parte de la estrategia del carnal Marcelo para crear cuadros que luego formaran parte de su gabinete, ya como presidente. Pero los traicionó el eterno candidato, que les arrebató la candidatura interna del PRD a ese grupo, para luego competir y perdió de nuevo en 2012.

El Plomero se mantuvo enojado y alejado del partido hasta que vino el cisma. El partido de las tribus eternas se partía en dos, de manera definitiva. Y había que escoger: Morena o el PRD. Su jefe se fue a vivir a Paris, sin tomar una definición clara. Pero el Plomero necesitaba vivir de algo. Y se decidió por Morena. Se dio cuenta muy rápido de que el PRD acabaría en los huesos. 

La apuesta le funcionó. Tuvo algunos cargos menores en el partido que le permitieron sobrevivir. Pero después de ganar la presidencia, varios de sus conocidos se fueron a la Secretaría de Hacienda con el señor Urzúa, y se ubicaron en cargos muy relevantes. El se mantuvo fuera del gobierno, porque se necesitaba su experiencia por fuera, pero muy cerca de esa Secretaría. 

Así, el Plomero tenía muy buenos conectes en el órgano que manejaba todo el dinero del gobierno federal, y pronto los haría fluir hacia otros lados. 

Desde el principio del sexenio, esa Secretaría buscó además acaparar las compras públicas. Como si su poder y sus responsabilidades no fueran suficientes, este proyecto absurdo ahora pretendía concentrar en Hacienda un aparato muy complejo de compra de bienes y servicios, que operaba, hasta ese momento, en mas de 200 dependencias y entidades, de manera mas o menos autónoma, y con buena eficacia.

Infectado de corrupción por los Mirreyes del sexenio anterior, pero básicamente eficaz en abastecer al gobierno de todo lo que se requiere para gobernar. 

Ya regresaremos después a ese tema, porque el Plomero se acababa de enterar de una mina de oro que este esquema iba a provocar. 

En su intento fallido por centralizar las compras, Hacienda había creado un caos monumental en la compra de medicinas. En particular, las de alta especialidad. 

Hacienda recibía las necesidades de los Institutos, hospitales y sistemas de salud, para luego crear sus propias estrategias centralizadas de compra. El pretexto: ahorrar y acabar con la corrupción. 

Ninguno de los dos objetivos se ha cumplido. Pero lo que si sucedió fue lo peor que podía pasar: el caos.

Cuando los Institutos y los hospitales recibían sus pedidos, se daban cuanta de la tragedia: Hacienda había cambiado, sin consultarles, los medicamentos y las cantidades de éstos.

En áreas tan delicadas como las de Oncología, Hematología y Cardiometabólicos de pronto los doctores descubrían que los “expertos” de Hacienda habían decidido ahorrar, a costa de la salud de los pacientes. No sólo cambiaban las cantidades de medicamento solicitadas, sino los medicamentos en si, cómo si fueran tornillos sustituibles.

El drama era terrible porque la estabilidad de los pacientes dependía de que cada día, a una hora específica, y con un protocolo determinado, recibieran la medicina que necesitaban, y no otra que había decidido un economista de hacienda. 

La crisis existía mucho antes de la llegada de la pandemia. Pero obvio se multiplicó con la llegada de ésta. Los presupuestos se reducen aún más, y la escasez de medicamentos se hace un tema de vida o muerte permanente, y la presión política aumenta. Y con ésta, vienen las compras de pánico. 

 El Plomero tomó su celular y le habló al Moches “Ya sé cómo vamos a entrar a las grandes ligas de la corrupción mi amigo. Surte rápido tu pedido de gel, batas y guantes, porque el Chino, tú y yo le vamos a entrar al mercado de medicinas de alta especialidad. Ahí es donde está el varo grande”.

Las Locas Aventuras del Moches

Capítulo 6

Por Max Kaiser y Rictus

(Sátira política basada en casos y estrategias de corrupción reales, con personajes completamente ficticios, pero muy parecidos a los que conocemos tú y yo)

El Moches había visto con felicidad como varios de esos Mirreyes que tanto despreciaba se habían quedado sin trabajo, desde el principio de este gobierno. Celebraba su caída, uno a uno, de los puestos clave del gobierno. Pronto estarían igual de jodidos que el, pensaba con insolencia. Incluso peor que el, porque varios de ellos acabarían en la cárcel. Eso se había prometido.

Durante todo el gobierno anterior, el presidente actual y todo su grupo político habían hecho de la crítica al grupo de los Mirreyes, su modo de vida. No había un solo día sin un tuit, un artículo en los periódicos afines o un comentario en alguna entrevista, que no enfocara toda la furia del grupo que hoy gobierna, en el Mirreynato. 

La corrupción era el hilo conductor de toda la crítica. Según ellos, todos los males del país se explicaban por la corrupción. Y no les faltaba razón. La corrupción y la impunidad se habían convertido en el emblema del gobierno que hoy está en el basurero de la historia. Como oposición, eran implacables en sus juicios.

Prometían todos los días un cambio de régimen, pero también acabar con la impunidad. La impunidad es esa terrible característica del sistema mexicano que deja sin consecuencias jurídicas a todo aquel que le roba al Estado mexicano. Es la regla general.

El Moches imaginaba feliz las grandes portadas de los periódicos nacionales, en las que vería a los Mirreyes perder sus trajes de baño Villebrequin y las corbatas Hermes, que serían sustituidas por esos terribles trajes caqui que se utilizan en las cárceles mexicanas. Los imaginaba llorando detrás de las rejillas de prácticas de los juzgados penales, lamentando su desgracia y suplicando por algo de piedad. “Se lo merecen” decía cada mañana que abría el periódico, esperando que llegara el día.

Pero pasaron los meses y la caída nunca llegó. Salvo el ex director de Pemex y una ex Secretaria de Estado, que están sometidos a procesos débiles y mal investigados, y que sólo sirven para el discurso, no hay una sola red de corrupción desarticulada, ni un solo caso sólido en el que se puedan recuperar los activos mal habidos.

Esos dos casos emblemáticos deberían haber provocado decenas de investigaciones y decenas de personas sometidas a proceso criminal: funcionarios de gobierno, empresarios, banqueros, notarios, operadores de fondos, y diversos tipos de ejecutores, que normalmente operan en estas redes.

Pero no, sólo hay dos figuras políticas acosadas por el Estado, con casos endebles, no iniciados por este gobierno, que pronto se van a caer como castillo de naipes. 

Y mientras, el Moches ve con coraje como el resto de los Mirreyes que tanto odia, viven a sus anchas y disfrutan de la riqueza mal habida. Sólo tuvieron que esconderse un rato. Se volvieron discretos, se recluyeron en despechos de “consultoría”, y esperan felices el paso del tiempo y los plazos de prescripción de sus delitos, que un día permitirán disfrutar impunemente la riqueza mal habida. Cuando el Estado ya no tenga facultades para actuar en su contra, saldrán de sus cuevas, para volver a burlarse de nosotros, en las grandes fiestas de la “alta” sociedad mexicana. Volverán a reír en las bodas de sus hijos, en las que se cierran nuevos negocios y pactos políticos.

Algunos, como el Licenciado, no sólo habían logrado librar cualquier tipo de investigación, sino que incluso habían logrado amarrarse a la silla de un cargo importante, a pesar de haber pertenecido toda la vida a ese priismo que tanto decían odiar quienes hoy están en el gobierno en turno.

¿Qué había hecho el Licenciado para sobrevivir? Se preguntaba el Moches una y otra vez. ¿Cómo había logrado dejar de ser un odiado priista para convertirse en un poderoso morenista?

El Moches sabía que no tenía que ver con militancia partidista ni con algún tipo de afinidad ideológica. Aunque el no tenía idea de qué era eso de la izquierda y la derecha, entendía lo suficiente como para saber que un tipo como el Licenciado tenía poco o nada que ver con los activistas populares que integran el partido en el gobierno.

“Pero, entonces ¿Por qué le dieron ese cargo tan importante?” se preguntaba una y otra vez, con sus pantuflas de panda, su horrible bata y su Nescafé tibio, a la mañana siguiente de la reunión.

La respuesta era muy sencilla. Pero el Moches jamás la iba a entender. Se lo tuvo que explicar su exjefe de la delegación. Aquel que lo había invitado al cargo en el que se hizo millonario. Comiendo unos tacos de suadero, en los famosos Copacabana del sur, le dijo: “Déjame te platico de esa clase política que se acomoda donde sea”.

El Licenciado en efecto carece de ideologías, le explicó. Él, y muchos como él, no creen en otra cosa mas que en el poder. Ese que permite tener influencia y capacidad para hacer buenos negocios. Ese poder crudo que se siente en una llamada telefónica, que hace que las cosas sucedan. Su única ideología, era el poder.

El Licenciado era capaz de subirse al templete que fuera, para levantarle la mano al candidato que sea, para estar en el lado correcto del círculo del poder: el de los que ganan las elecciones. No tenía prejuicios ni afinidades. Evitaba tomar posturas políticas y emitir opiniones sobre temas controversiales. Se acomodaba en todos lados. Pero tenía buen olfato. Sabía leer las encuestas. 

La pregunta era ¿por qué los poderosos lo quieren a él? ¿por qué lo aceptan grupos tan diversos?

Porque es bueno para la lana y reparte para todos. Genera negocios para llenar de dinero las campañas políticas de todos los que se lo piden, pero después, ya en el gobierno, genera negocios para funcionarios y empresarios. Pero no sólo eso. Lo hace de una manera tan compleja y sofisticada, que todos quedan protegidos y tranquilos. 

Empresas fantasmas, fondos de inversión oscuros, cuentas en el extranjero, inversiones inmobiliarias, fideicomisos genéricos y hasta organizaciones con fines sociales, para esconder la riqueza. Hace el trabajo completo, de manera paciente y metódica. Y por eso tiene años en los más altos círculos de influencia, de todos los partidos.

“Si quieres sobrevivir en este negocio Moches, tienes que aprender a vivir entre ellos, y tienes que olvidar tus complejos. Ellos lo controlan todo. Así ha sido, y así será” le dijo su exjefe, después de la completa explicación. 

El Moches se quedó pensando y dijo “Pero los nuevos dijeron que harían las cosas diferentes y lucharían contra la corrupción. No nos van a dejar”. 

Una sonora carcajada de su exjefe hizo voltear a los comensales de las otras mesas “Ay mi Moches, que iluso eres. El Mecanismo de la corrupción está intacto”.