Blog

Blog

Un Nuevo Mexicano

Te invito a escucharme leer el texto completo

Hoy, más que nunca, necesitamos un nuevo tipo de mexicana y mexicano. La crisis que vivimos nos ha dejado claro que quienes dirigen este país, desde el ámbito político, económico o social, tienen 5 características que los limitan definitivamente para encabezar la reconstrucción de este país: son Huecos, son Inútiles, son Irresponsables, son Deshonestos y son Incapaces. Y, lo que necesitamos es un nuevo grupo de líderes que tengan las 5 características exactamente opuestas: necesitamos líderes con Sustancia, con espíritu de Servicio, Responsables, Íntegros y Eficaces. Vamos una por una de las características de los líderes de hoy, y la característica contraria que requerimos.

Primero, estamos llenos de líderes Huecos. Personas que son famosos por ser famosos. Individuos que alguna vez hicieron algo llamativo que los hizo famosos y, a partir de ahí, se dedicaron a construir un personaje hueco, muy sonriente, lleno de slogans adecuados y la ropa correcta, que no aportan nada, porque no tiene nada que aportar. Estudian poco, leen poco, analizan poco, pero hablan mucho. Sus discursos están llenos de palabras sin significado que sólo llenan espacios y templetes, pero no transforman nada. Se trata de personas que viven para cuidar la idea de que son relevantes y necesarios. Se rodean de equipos que les ponen el vestido o la corbata correcta, y ponen en sus manos una tarjeta con ideas prefabricadas que, sólo debe leer con una gran sonrisa, pero dicen muy poco. 

Estos debemos sustituirlos por personas que tengan Sustancia. Me refiero a esas mujeres y hombres que tienen humildad intelectual permanente, que les permite estudiar constantemente, analizar todo, buscar diferentes opiniones y reconocer cuando alguien más tiene una buena idea. Son personas con inteligencia académica, pero también inteligencia de calle, que se demuestra en su habilidad para comunicarla, convencer y llevarla a cabo. De estos necesitamos muchos.

Segundo, estamos llenos de líderes Inútiles. Se trata de ese ejército de personas que son una carga para todo mundo porque sólo generan costos y nunca beneficios. No producen nada y siempre esperan servicio y ayuda de otros. Se venden como indispensables y sólo ocupan espacio y tiempo de otros. Nada sustantivo lleva su nombre, nada que transforme surge de ellos. No inventan nada útil, ni transforman lo inútil.

Estos debemos sustituirlos por personas con espíritu de Servicio. Esa enfermera que se quedaba horas extras para atender al último enfermo de COVID. Esa doctora que no se iba a su casa hasta no revisar a su último paciente. Ese encargado de mantenimiento que limpiaba el hospital, por enésima vez en el día, con plena consciencia de que unos minutos después estaría hecho un desastre de nuevo. Esa maestra que se reinventó y se volvió un as del zoom para mantener a sus alumnos interesados y aprovechando el encierro. De estos necesitamos miles.

Tercero, estamos llenos de líderes Irresponsables. Nadie tiene la responsabilidad de nada en este país. Todos los líderes de México tienen una buena explicación de por qué ellos no tienen la culpa de nada y cómo todo conspiró en su contra para que algo se echara a perder. Nadie asume su responsabilidad, nadie levanta la mano y dice “Fui yo, yo tomé la decisión, pregúntenme a mí”.

Estos debemos sustituirlos por líderes Responsables. Me refiero a personas que de inmediato y sin pretextos se hacen dueños de cada una de sus decisiones, actos o ausencia de decisiones. Personas que renuncian a la evasión, a echar culpas o a buscar causas que los exculpen. Necesitamos mexicanas y mexicanos que se asuman imperfectos, y tengan la humildad de reconocer sus errores, corregir, y pedir ayuda.

Cuarto, estamos llenos de líderes Deshonestos. Siempre esconden algo, se les nota en cada discurso, se les ve en su postura y en la agresividad con la que cuidan las puertas cerradas de su pasado y su presente. Se trata de esas personas que siempre cuentan la mitad de la historia, que son ambiguos con sus posturas y principios, que son contradictorios en sus supuestas convicciones a lo largo del tiempo, además de inconsistentes en sus decisiones y su fundamento. Estamos rodeados de esos.

Estos debemos sustituirlos por líderes Íntegros. Me refiero a personas de una pieza, completas, sin huecos. Nunca perfectas ni inmaculadas. Esas ni existen, ni nos interesan. Me refiero a personas que vivan con base en un sencillo código de valores que motive la mayor parte de sus acciones y decisiones. Personas que sepan reconocer cuando el motivo de una acción o decisión no fue el mejor, y tengan el valor y la humildad de corregir y ofrecer disculpas. Personas que generan confianza porque, a pesar de sus errores, siempre sabes de dónde vienen sus decisiones. Nos urgen miles de éstos. 

Quinto, estamos llenos de líderes Incapaces. Hablan y hablan de todo lo que piensan hacer pero nunca dan resultados. Son buenos para convencer pero malos para ejecutar. Todo lo dejan a medias, nunca hay un producto final y útil. Son esas personas que proyectan siempre brillantes futuros, que no hacen nada concreto para construirlos. Aman el foro público, y odian el trabajo manual. 

Estos debemos sustituirlos por líderes Eficaces. Me refiero a personas que terminan lo que empiezan. Que ponen trabajo y sudor dónde estuvo su boca, prometiendo cosas. Personas que hacen todo lo necesario por ver su obra terminada. Se trata de esos arquitectos que aman tanto ver la casa terminada como amaron diseñarla en un plano. Estos son los verdaderos transformadores.

La buena noticia es que, tanto las 5 características negativas, como las 5 positivas, son creadas, no genéticas. Nadie nace siendo un inútil irresponsable, se hacen. Pero tampoco se nace siendo un líder con sustancia, espíritu de servicio, responsabilidad, integridad y eficacia, se van consiguiendo estas armas, con mucho trabajo, a lo largo de una vida. ¿Estás listo para ser uno de estos? México te necesita, más que nunca. 

Iguales ante la Constitución y la Ley

Los párrafos primero y quinto del artículo 1 de la Constitución son quizá los más importantes de todo el texto constitucional porque establecen un principio rector fundamental: la igualdad de todas las personas, sin condiciones, frente a la Constitución y la ley.

Artículo 1o. En los Estados Unidos Mexicanos todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución y en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano sea parte, así como de las garantías para su protección, cuyo ejercicio no podrá restringirse ni suspenderse, salvo en los casos y bajo las condiciones que esta Constitución establece. (…)

Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

Por algo el constituyente decidió que este fuera el primer párrafo de toda la Constitución, porque no hay democracia posible si no se parte del fundamento básico de que todos gozamos exactamente de los mismo derechos, y que está prohibido todo tipo de discriminación. Se trata de un principio básico, que va primero dirigido a todos los órganos del Estado, que toman decisiones con base en sus facultades constitucionales y legales. Éstas tienen absolutamente prohibido crear cualquier programa, política o tomar cualquier decisión que discrimine entre una y otra persona, con base en alguno de los conceptos establecidos en el párrafo quinto del artículo 1. 

Hoy, en México, de manera absurda e increíble, enfrentamos un doloroso ejemplo de discriminación para aplicar la vacuna contra el COVID, por parte del gobierno, con base simplemente en el sector en el que el personal médico está contratado. El presidente lo ha dicho abiertamente: ser parte del sector privado es el único motivo para no ser vacunado. Lo escuchamos también de las autoridades de salud, y lo vimos con vergüenza y coraje en un video difundido en redes sociales, cuando un “Cuervo de la Nación” gritaba que no había más vacunas para personal médico del sector privado. Así lo dijo, así lo han dicho el presidente y sus empleados, sin ningún recato. Lo demás, son maromas posteriores. Así, los grandes héroes de este país, los que se han jugado la vida para mantener nuestra salud en la pandemia, desde un peligroso salón de urgencias, hasta un peligorso consultorio de dentista, son rechazados por su gobierno, porque decidieron trabajar en el sector privado. Lo mismo enfermeras y enfermeros, ayudantes, asistentes y hasta las personas que limpian para que al día siguiente todo se encuentre limpio, todos ellos, discriminados por su gobierno. Expuestos todos los días, arriesgando la vida por nosotros para cumplir el juramento por la salud que hicieron, son puestos a un lado.

Esto no sólo viola la Constitución y las leyes, se trata tambien de un inhumano absurdo que retrasa la lucha contra la pandemia y nos pone en peligro a todos. 

Lo malo es que no sólo parece ser una decisión estúpida e inhumana, se enmaraca en una idea política más amplia, que los hace sentir como una especie de justicieros contra aquellas personas e instituciones que gozaban de éxito en el pasado. Al parecer se trata de un doloroso y penoso complejo de inferioridad que rige sus decisiones diarias, y que busca instalar la mediocridad como techo, para que nadie se sienta menos. Hay varios ejemplos de esto, describo algunos.

Una respuesta parecida recibieron los pequeños y medianos empresarios que durante la pendemia suplicaron por algo de apoyo de su gobierno para no desaparecer. “Que quiebren los que tengan que quebrar” dijo el presidente abierta y públicamente. Y eso pasó, con 1 millón de PYMES, según el INEGI, que murieron ante la falta de apoyo. 

Lo mismo ha sucedido con las miles de organizaciones de la sociedad civil que no pedían ayuda, sólo condiciones justas para poder operar, recibir recursos y realizar sus actividades. El presidente los tachó de “Fifís” y los sentenció a morir con una serie de medidas fiscales imposibles de cumplir. Estas organizaciones se dedicabana a ayudar a mujeres golpeadas, alimentar y resguardar niños sin recursos o documentar abusos a los derechos humanos en diferentes zonas del país, además de documentar la corrupción del gobierno o evidenciar el fracaso de las políticas contra la violencia. Las que no han muerto han sido reducidas a pequeños grupos de personas que operan sin recursos ni información.

La misma discriminación ilegal sufren los medios de comunicación. Por un lado están aquellos que pasan en vivo y en directo las mañaneras, o la reportan sin crítica en sus portales digitales o periódicos, que reciben cientos de millones de recuros públicos en contratos de publicidad del gobierno, y un trato preferencial en el acceso a la información. Por el otro lado estan los medios independientes, que se financian con fuentes privadas y evitan la propaganda gubernamental, que son señalados, atacados, investigados y hostigados por un gobierno incapaz de tolarar la crítica. Los primeros se toman fotos con el presidente, los segundos sufren para sobrevivir. 

Les pasa tambien a los ciudadanos de municipios o estados gobernados por partidos diferentes a Morena. Sufren de abierta discriminación del gobierno en programas esenciales de seguridad, apoyo al campo, infraestructura o programas sociales básicos. El gobierno federal abiertamente esconde recursos a gobiernos municipales y estatales gobernados por la oposición, sin reparar en que los afectados finales son los ciudadanos de esas localidades, y no los enemigos políticos. Las violaciones a las leyes de presupuesto y coordinación fiscal deben superar ya a las de varios gobiernos anteriores juntos, pero lo que importa es mostrar autoridad.

Y, así, me podría seguir con varios ejemplos más de un gobierno que entiende al Estado mexicano como un instrumento para aplicar su chafísima y setentero concepto de justicia social, que básicamente implica que todos estén igual de jodidos. La mediocridad como medicina para los complejos de inferioridad. Y todo, en franca y abierta violación al régimen democrático constitucional.

Esta elección podemos empezar a corregir eso. Un Estado multicolor, sin concentración ilegal del poder en unas cuantas manos, es la unica manera de evitar la discriminación y la violación de nuestros derechos. Necesitamos enseñarles a los políticos, del color que sean, que una vez que llegan al cargo, los rige en todos sus actos y decisiones el artículo 1 de la Constitución, y así, están obligados a gobernar para todos, aunque les cueste trabajo entenderlo. En esta elección nos jugamos las libertades básicas yel derecho a ejercer todos nuestros derechos. 

El Camino Ciudadano

Escúchame leer el texto completo

Que difícil decisión tenemos los ciudadanos este 6 de junio. Por un lado está el partido que destruye el presente y futuro de México todos los días desde el poder ejecutivo y la mayoría en el congreso, acompañado por una serie de parásitos en forma de partido, que sólo nacieron para chupar recursos públicos y servir a Morena y al presidente. Por otro lado están los tres partidos que han sido gobierno y que son responsables de muchos de los males sistémicos que sufrimos todos hoy, que traicionaron a México con graves escándalos de corrupción y que fueron incapaces de acabar con la violencia de décadas. 

Quien les escribe fue parte de los dos gobiernos federales emanados del PAN y soy, en parte, responsable de no haber cumplido con las enormes expectativas que se tenían de estos dos gobiernos, que siguieron a las 6 décadas del sistema de partido hegemónico. No sólo nos faltó creatividad, también nos faltó arrojó para romper las viejas estructuras y los inútiles formatos de poder que limitaban la innovación. Soy responsable de ambos, y lo asumo sin condiciones. Como muchos, me acomodé y me sentí satisfecho con lograr muy poco, y la ciudadanía nos castigó, y tenían razón. Hacía falta mucho más que simplemente hacer las cosas diferente. La ciudadanía demandaba arrojo y valor para destruir los viejos esquemas de poder y las redes que los dominaban. Y quedaron casi intactos. Esto provocó un retorno nostálgico al partido “de las decisiones”, el que tiene el valor de dar el manotazo en la mesa y decidir, a pesar de los costos. Así se vendieron en la campaña de 2012 y funcionó. “Haremos los grandes cambios que el PAN no se atrevió a hacer” le dijeron al electorado, que los regresó al poder. México se convirtió en el único país del mundo en derrotar a un partido hegemónico por la vía pacífica del voto, para después regresarlo al poder por la misma vía. Vino el arrojo, la pericia, el valor que cristalizó en reformas estructurales históricas. Pero la naturaleza traicionó a varios que no pudieron evitar ver al poder como patrimonio privado. La corrupción fue burda, evidente y muy frustrante. Era obvio que no habían aprendido la lección, y el cobro de la factura fue enorme. 5 de cada 10 electores decidió que el motivo más importante de su voto en 2018 era el castigo. Un motivo perfectamente legítimo en una democracia. Decidieron tachar todas las boletas con el mismo símbolo político, como signo inequívoco de su coraje. Esto, y una trampa evidente (esconder candidatos de Morena en otros partidos) le dio una mayoría desproporcionada al partido que había ganado la elección. Los dos partidos que habían gobernado en los últimos tres sexenios quedaron devastados. Sumidos en divisiones internas y liderazgos débiles, nunca encontraron su vocación como contrapeso al poder. Esto agrandó la soberbia del partido gobernante que, en lugar de reconstruir lo que no servía y fortalecer aquello que si funcionaba, se ha dedicado a destruir todo lo que se le pone enfrente, pero sin sustituirlo por nada que sirva. Destruyeron la confianza de los inversionistas porque acabaron con los fundamentos básicos de una economía sólida. Destruyeron el sistema de contrataciones públicas que, entre otras cosas, se ocupa del abasto de medicinas en el sector de salud pública. Destruyeron el sistema energético mexicano, que empezaba a generar la esperanza de una moderna y sustentable recuperación. Destruyeron una de las palancas más importantes de desarrollo que es la obra pública, apostando a tres proyectos carísimos, inviables, improductivos y pésimamente mal planeados. Destruyeron la reforma educativa, que ponía una plataforma inicial para reconstruir el sistema educativo. Destruyeron el seguro popular, que daba esperanza de vida a millones de personas que nunca la habían tenido. Destruyeron la posibilidad de una alternativa real de seguridad pública al entregar al ejército esta imposible tarea. Y ahí no acaba la historia. Tienen puestas sus miras en las pensiones, en el ahorro, en los órganos autónomos, en el Sistema Nacional Anticorrupción, el sistema de justicia, y cualquier institución que amenace su idea de populismo autoritario sin límites. Destruyen sin sustituir. Rompen sin crear algo a cambio. Arruinan instituciones para acumular poder, y no para crear alternativas. Y en esa acumulación de poder se ponen en riesgo las libertades básicas de todos nosotros. El abuso de poder siempre tiene consecuencias en personas concretas. No es un simple concepto de la ciencia política. Quien abusa del poder lo hace en perjuicio de una persona en concreto que pierde una libertad básica. Y eso es lo que hay que frenar. No hay de otra. 

El motivo legítimo y democrático de esta elección debe ser el castigo a quienes han abusado del poder y quieren acumularlo con el simple objetivo de tener más. El motivo ciudadano de esta elección es la protección de nuestra democracia, de aquellos que quieren quitarnos libertades para poder abusar libremente del poder. Y ahí es donde viene la parte fea. Porque para hacer esto, no queda de otra más que votar con estrategia. Cada uno de nosotros tendrá en sus manos distintas boletas, para distintos puestos, que tendrá que utilizar de manera inteligente para equilibrar el poder. Detener la acumulación antidemocrática del poder es la clave. Es horrible lo que te digo, lo sé. Es un trago amargo votar por quienes nos quedaron mal en el pasado. El recuerdo es reciente y los motivos de tu enojo y frustración con esos partidos era perfectamente válido. Pero esto es una emergencia. De verdad lo es. Una auténtica emergencia. 

Pero la elección termina al día siguiente de la jornada. Y ahí empieza nuestro camino, el de los ciudadanos. Ya es hora de hacer mucho más que esperar tres años sentados, a ver si las cosas cambian mágicamente. Es momento de involucrarnos de lleno en nuestra democracia y ocuparnos de ella, de tiempo completo. Propongo 5 cosas que tenemos que hacer a partir del 7 de junio:

  1. Defender la democracia y obligar a todos los contendientes a aceptar los resultados y resoluciones de las autoridades electorales.
  2. Exigir justicia, por todos los canales posibles, para aquellos que traicionaron nuestra confianza. Un país no puede caminar hacia delante sin justicia. Por ejemplo, la tragedia en el manejo de la pandemia debe generar responsabilidades penales y administrativas por acción y por omisión. Medio millón de muertes no pueden quedarse en una simple tragedia sanitaria. Hay ahí cientos de responsables por acción u omisión. 
  3. Establecer canales eficaces para generar un marcaje personal a todos los servidores públicos electos, para obligarlos a cumplir con todo lo que prometieron en campaña, sin excepciones.
  4. Utilizar todas las herramientas jurídicas a nuestra disposición para frenar de manera individual y colectiva los distintos abusos de poder, todos los días, sin descanso.
  5. Crear e impulsar, finalmente, nuevos liderazgos políticos que propongan verdaderas alternativas de presente y de futuro. Necesitamos generar y mantener plataformas para que personas con ideas creativas, nuevas y diferentes puedan crecer y puedan competir con los políticos de siempre, para que, pronto, les puedan arrebatar el poder de las manos. Este debe ser nuestro objetivo más importante, nuestra tarea diaria, nuestra labor incansable.

Este es un año definitivo y definitorio. Este año se decide si tenemos la capacidad de superar nuestra infancia democrática y dar el paso a la adultez, que no es sencilla, pero es necesaria. 

La Secta de la Mediocridad

Escúchame leer el texto

“Que pierdan los que siempre han ganado, aunque nadie gane nada” parece ser la máxima que impone el líder de la Secta de la Mediocridad. Perder como símbolo de justicia social, destruir como logro de quienes nada quieren construir, el enojo de otros como triunfo propio, el nacionalismo chafa como pretexto para arruinar el futuro de todos. Apapachar los complejos de inferioridad de quienes ocupan el poder y de sus seguidores, para evitar su enojo y frustración, parece ser la resignación de un país que no encuentra el rumbo. 

La economía cae 9% en un año, pero está bien porque perdieron millones de personas y empresarios que siempre habían ganado mucho. Murieron más de 1 millón de PYMES en un año, y hay que celebrarlo porque muchas de esas empresas explotaban a sus trabajadores. Murió medio millón de personas durante un año de pandemia sin control, pero por lo menos sufrieron también quienes antes no sufrían las epidemias. La estrategia de vacunación es un absoluto desastre, pero por lo menos los ricos tienen que hacer largas filas y esperar como todos. Tendremos poca energía y producida con los insumos más contaminantes que existen, pero por lo menos tenemos el orgullo de habérsela arrebatado a compañías transnacionales que ganaban mucho dinero. Habrá más de 10 millones de pobres nuevos, pero por los menos ahora el gobierno les regala un poco de dinero al mes. Hay 9 millones de jóvenes que dejaron la escuela en un año, pero por lo menos ahora no se meten organizaciones privadas y el sindicato de maestros es nuestro aliado electoral. Cada mes mueren asesinadas en promedio 3,000 personas, pero por lo menos ya nadie habla del tema, como en otros sexenios. Y así la lista de tragedias en todos los rubros de gobierno, que arrojan los peores resultados, pero tienen siempre un pretexto enmarcado en esa justicia social de quinta, basada en la peor mediocridad.

El discurso fue construido por el líder de la secta que edificó su propia versión de la historia reciente de México. Se trata de una caricatura simplona de explotadores y explotados, ganadores eternos y perdedores permanentes, culpas sencillas y agravios históricos, con responsables plenamente identificables. No hay matices, no hay contextos históricos, no hay datos ni estudios, sólo la palabra del líder, sólo su versión y su interpretación de la historia. Así nace una secta, justo así. El líder construye una historia sencilla para explicar fenómenos sociales complejos. Escoge selectivamente pasajes comprobables de la historia reciente para “demostrar” que tiene razón. Utiliza su carisma para atraer seguidores que deben unirse a su causa justa, para salvar al grupo. La causa siempre tiene un enemigo o varios, con características sencillas de identificar. Ese enemigo es el obstáculo principal entre el momento actual y una mejor vida futura, que sólo el líder ha visto y entiende. La secta requiere unidad y lealtad absoluta, porque el enemigo es implacable. El líder no puede ser cuestionado porque su visión es absoluta y correcta. Es completa e integral, lo abarca todo. Cuestionarlo debilita al líder, y, por lo tanto, debilita a la secta, y así se fortalece el enemigo. Los resultados de corto y mediano plazo no importan porque son sólo el difícil camino a ese mundo ideal que el líder ya vio, y que nadie más es capaz de ver. Cuestionar al líder sobre los malos resultados momentáneos te convierte en un aliado del enemigo. Las sectas suelen estar integradas por tres tipos de personas: el líder, el grupo cercano al líder y los seguidores. El grupo cercano suele estar integrado por personas que conocen y entienden la mentira, pero la promueven porque los beneficia política, social o económicamente. Son cómplices con responsabilidad completa porque saben que no existe la visión del futuro ideal, pero no importa porque el presente los llena de privilegios. Facilitadores les llamo yo.

Estas historias nunca han acabado bien. La abrumadora mayoría de miles de sectas que han surgido, en miles de años de historia de la humanidad, acaban en tragedia. La canija realidad destruye la historia fabricada por el líder de la secta, la lealtad y los sacrificios impuestos se convierten en terribles agravios, y la lealtad ciega se transforma en potentes sentimientos de venganza. Los ejemplos históricos son muchos, son terribles, y las lecciones están a la vista de todos. 

Con este texto no pretendo abrir los ojos de quienes forman parte de la Secta de la Mediocridad. Mi intención es provocar a quienes no somos parte de ella a que reconozcamos tres cosas: primero, que México es un país profundamente injusto y desigual que hizo posible la llegada al poder de esta Secta, lo segundo es que todos, de una o de otra manera hemos sido responsables de eso, y lo tercero es que este no es nuestro destino. 

Parte de la historia de explotación, desigualdad e injusticia es dolorosamente cierta, y hemos hecho muy poco para cambiar esa historia. Así, la mejor manera de derrotar a la Secta de la Mediocridad es creando una visión de país diferente. Un país que crezca económicamente pero que brinde oportunidades para la gran mayoría. Un país que sustente ese crecimiento en energía limpia, amigable con el medio ambiente y sustentable a lo largo de generaciones. Un país que acabe con la pobreza, en sus diferentes facetas y no que la administre o la esconda. Un país que acabe con la violencia a través de la justicia eficaz y permanente, y a través del mejor sistema de educación y salud pública que podamos imaginar. Así, la mejor manera de derrotar a la Secta de la Mediocridad es construyendo el país que ellos no se atreven a imaginar. 

El modelo político actual se agotó

Escúchame leerte el texto completo

Está roto el modelo político que nos rige hoy. Ya no sirve para crear bienes públicos ni bienestar privado. Sólo le sirve, un rato, a quienes ocupan de manera temporal el poder. Nos sale carísimo, destruye recursos naturales y oportunidades para el futuro de todos. Nos divide a quienes deberíamos trabajar juntos y nos enfrenta con personas que ni conocemos. Nos hace ver como enemigos a quienes tenemos tanto en común y nos hace defender a personas que nunca se han ocupado de nosotros. Pero no está escrito en piedra, lo podemos tirar a la basura y podemos crear un modelo político que nos permita crear bienes públicos para todos. ¿Cómo funciona el modelo político actual y cómo podríamos crear uno mejor? Regálame unos minutos de tu atención y trato de explicarme con un símil sencillo.

La Democracia Incompleta

Vivimos en una democracia inacabada, incompleta, chafa. Construimos un modelo político parecido a un hotel de playa del tipo “Todo incluido”. Parece una buena idea. Pagas por adelantado una semana en un hotel que te promete bebida y comida ilimitada, para que simplemente disfrutes de la playa, sin preocupaciones. Nada puede ser más sencillo, sólo pagas, llegas con hambre y ganas de olvidarte de todo, y alguien más se encargará de poner toda una experiencia a tu disposición. Acostado en un camastro abrirás la boca y un delicioso manjar entrará en ella, mientras disfrutas de un bello atardecer. Por eso pagaste un precio absurdo, antes de conocer el producto. La expectativa es enorme, y la decepción es aún más grande. Todo es abundante, los platos y los vasos están llenos de comida y bebida, como te prometieron, pero la calidad es pésima. Hay mucho de todo, pero nada sabe como tú esperabas. La comida parece bufete de campamento de niños y la bebida sabe a alcohol adulterado con colorante. El servicio es prácticamente inexistente y de las instalaciones sólo funciona la mitad. Y es el primer día de una larga semana que ya está pagada y no hay reembolso. ¿Qué haces? Decides quedarte y ponerle actitud, comer lo que hay, utilizar la única alberca que sirve y bañarte con agua fría. Ya aprendiste la lección ¿Cierto? Tu siguiente vacación será diferente. Hasta que pagas el crucero impagable, que te promete las vacaciones de tu vida y vives lo mismo, pero ahora encerrado en una ciudad flotante, en medio del mar. Lección aprendida, hasta que pagas el tour por Europa y te das cuenta de tu error cuando estás comiendo espagueti de lata en el restaurante para turistas, a una cuadra del Coliseo. Eso somos los mexicanos. Somos los turistas que creemos que podemos pagar por una vacación permanente de nuestros deberes ciudadanos. Y nuestra clase política se ha convertido en ese vendedor de tours que te promete lo que sea con tal de vender su cuota del día. Los partidos y candidatos se han convertido en esos gritones a la salida del aeropuerto de Cancún que te ofrecen la experiencia de tu vida por 100 dólares, y nosotros somos los turistas incautos que pagamos una y otra vez por ver si ahora sí funciona. 

Los políticos se han convertido en unos mediocres vendedores de espejismos, porque nosotros nos convertimos en unos mediocres ciudadanos que nos acostumbramos a lo que sea, sin reclamar. No sirve la seguridad pública, ni la salud pública, ni la educación pública, no sirven los servicios básicos ni la economía, y en lugar de construir entre todos un modelo nuevo de hacer política, queremos apostar por ver si el político que no habíamos probado antes, de milagro sale mejor. Mientras vemos como el nuevo “líder” falla estrepitosamente, nos peleamos entre nosotros, a nombre de ellos, discutiendo en la superficie de nuestros problemas. Nos enfrentamos entre ciudadanos como si en la disputa pudiera surgir, milagrosamente, la alternativa.

Una Democracia completa

No hay atajos en la construcción de una democracia. No hay tours perfectos ni cruceros mágicos. No hay vacaciones de la vida, hay grandes experiencias dentro de la vida. Nadie puede sólo pagar para luego acostarse a disfrutar del trabajo de otros. Las democracias exitosas del mundo se han construido con el trabajo generoso y colaborativo de todos. Imagina unas vacaciones en las que todos colaboran. Unas vacaciones en las que todos le echan ganas para planear, preparar, y todos ponen algo de su parte. Cada día todo el grupo renueva el compromiso de mantener una buena actitud y disfrutar el día. Todos sacrifican algo que querían, en favor del goce de todo el grupo. Sólo escogen a los mejores proveedores de servicios, a los mejor calificados, a los que tienen experiencia para cada cosa. De cada uno esperan lo mejor y les exigen excelencia en el servicio. A los que fallaron les piden el reembolso y los castigan con una mala calificación en Trip Advisor. Los exponen en redes sociales para asegurarse que nadie más los vuelva a sufrir. Todo el grupo entiende la lección: para tener una gran experiencia se requiere preparación, trabajo, compromiso, creatividad y mucha actitud. Si quieren volver a tenerla, el camino es el mismo. 

Lo mismo vale para construir una democracia exitosa. Jamás tendremos liderazgos políticos dignos si no los creamos nosotros. Tenemos que soñar con la experiencia de país que queremos vivir para después construirla, sacrificar algo de tiempo, energía y creatividad, para que las experiencias de todos puedan estar incluidas y sean satisfactorias. Tenemos que convertir a la clase política en meros proveedores de servicios, siempre vigilados y contenidos, dispuestos a pelear por nosotros, y no al revés. Somos 93 millones de electores con una credencial que vale más que la más poderosa tarjeta de crédito. Es hora de utilizarla con convicción. 

¿Y si mejor nos dejamos de hacer pendejos?

Escúchame leer el texto completo

Soy el primero en mentar madres de un gobierno autoritario, mentiroso e incapaz. Fui crítico incansable del gobierno anterior, y un servidor público que señalaba errores, investigaba y sancionaba servidores públicos que violaban la ley, y exponía escándalos, hace dos gobiernos,.  Es un hecho innegable que gran parte de nuestros problemas tienen una explicación en gobiernos anteriores, de distintos partidos, y en distintos niveles. Es otro hecho innegable que el gobierno de MORENA ha sido un rotundo fracaso en resolver esos problemas heredados, y otro hecho innegable que el gobierno en turno ha creado problemas nuevos y ha destruido instituciones fundamentales de nuestro sistema democrático. Hemos sido mal gobernados, y la clase política, de todos los colores, nos ha fallado repetidamente. Salvo muy honrosas excepciones, de servidores públicos de diversos partidos, que sí se han jugado la vida y su prestigio por servir a México, la clase política, como grupo, nos han fallado. Esto no es una opinión, es una sencilla conclusión que se puede extraer de los datos de pobreza e inequidad en el país, de los datos de violencia e inseguridad, de los datos de inversión y crecimiento económico, de los datos de educación y salud de la población, de los datos de inclusión y equidad de género, de los índices y estadísticas de corrupción, etc. 

3 expresidentes y un presidente en funciones, aproximadamente 120 exsecretarios de estado y secretarios en funciones, 300 ex subsecretarios y subsecretarios en funciones, 120 exgobernadores y gobernadores en funciones, 3,500 exdiputados y diputados federales en funciones, 512 exsenadores y senadores en funciones, 6,700 exdiputados y diputados locales en funciones, y alrededor de 19,000 expresidentes municipales y presidentes en funciones, en 20 años, nos fallaron. Es decir, alrededor de 30 mil personas (no son números exactos, pero muy aproximados) de todos los partidos, niveles y extractos, nos fallaron, y estamos muy enojados. Y tenemos razón en estarlo. Tuvieron en sus manos poder, facultades, funciones concretas, dinero de nuestros impuestos, y la posibilidad de resolver nuestros problemas más importantes, y fracasaron. Se trata de 30 mil personas, en un país de más de 120 millones de mexicanas y mexicanos, en 20 años, desde que transitamos a la democracia. 

Es decir, nuestra respuesta a todos nuestros males, nuestra hipótesis de trabajo permanente es que el 0.025% de la población nos jodió irreparablemente. O, puesto de otra manera, que el 99.975% de la población somos incapaces de hacer nada para enfrentarlos, para frenarlos, para exigirles, para responsabilizarlos, para demandarles, para ordenarles y para construir bienes públicos, con los que sí quieren y pueden trabajar. Así, me pregunto ¿alrededor de 119,970,000 personas hemos sido absolutamente impotentes ante el implacable poder de 30 mil personas? ¿Ese es el choro que nos vamos a seguir contando para evadir nuestra responsabilidad como ciudadanos? ¿Ese va a ser nuestro pretexto toda la vida? ¿Y si mejor nos dejamos de hacer pendejos?

Esas 30 mil personas son seres comunes y corrientes. Mexicanas y mexicanos con ambiciones e imperfecciones como tú y como yo. Personas que tienen aspiraciones, deseos, inclinaciones y un contexto particular, como tú y como yo. No hay nada especial en ellos. La única diferencia entre ellos y tú es que ellos decidieron dedicarse de manera profesional a la política y obtuvieron un cargo. Nada más. No tienen poderes especiales y sus cargos son siempre temporales y limitados por la Constitución y las leyes. Su popularidad y su fama son efímeras, y están siempre sometidas al escrutinio público. Los que un día parecen gigantes invencibles, en un par de años suplican por su libertad o se esconden de los reflectores, a veces incluso fuera del país. Y, a pesar de todo esto, les hemos asignado un poder y una capacidad que nunca tuvieron, y los hemos convertido en la causa de todos nuestros males. No me mal entiendan, la responsabilidad de estas 30 mil personas en el drama nacional es gigantesca. Las miles de decisiones sumadas que estas personas han tomado en 20 años se han combinado para destruir el presente de México, de muchas maneras. Pero también es un hecho que 120 millones de mexicanas y mexicanos nos hemos hecho pendejos y hemos renunciado a la responsabilidad de tomar la democracia en nuestras manos y construir un mejor país. 

¿Vamos a seguir argumentando que unos cuantos miles de personas con cargo público pueden más que 120 millones de almas que podrían organizarse para construir un mejor país? ¿Vamos a seguir poniendo en ellos todas nuestras culpas y carencias, y todos nuestros sueños y expectativas? ¿O mejor nos hacemos responsables, nos dejamos de hacer pendejos, y empezamos a construir, cada uno, desde su espacio, un mejor país? 

Yo creo que es un buen momento para despertar, para sacudirnos el miedo y la desidia, para soñar en grande, para generar un compromiso serio y grande con nuestro país, para dejar a un lado los pretextos, para exigir lo que merecemos, para hacernos responsables y para construir el país que siempre hemos podido SER. 

Quiero aprender, enséñame

Escúchame leerte el texto completo

No creo ser el único hombre que está confundido. Ni creo ser el único al que le da miedo escribir sobre este tema. Pero no quiero pretender que hablo por otros, y quiero quitarme el miedo. Sólo puedo hablar por mí. Yo estoy confundido, y quiero platicarles por qué, para después poder pedir su ayuda y así servir en este momento histórico, de la mejor manera posible. 

Yo nací en un mundo de roles y géneros definidos e inamovibles. Desde muy pequeño me enseñaron que había cosas que éramos y hacíamos los niños, y cosas que eran y hacían las niñas. Desde niño aprendí que había colores, juegos, nombres, gustos, formas, capacidades y cosas que pertenecían al mundo de los niños, y todo un mundo diferente que era terreno de las niñas. En mi casa, en mi escuela, en mi cuadra fui aprendiendo las reglas, los principios, los conceptos y los formatos que había que entender para poder llevar la fiesta en paz, y no pasar de un mundo a otro, porque no era una buena idea. Cada uno se quedaba en su mundo, y trataba de aprender, como podía, acerca del propio y, con más dificultad aún, entender el mundo de las niñas. Nadie nos explicaba nada. No había foros ni discusiones sobre estos temas. Las cosas eran como eran, y parecían escritas en piedra. Crecí con esos formatos rígidos, y con la idea de que hombres y mujeres cohabitábamos en el mismo espacio, pero, en realidad, vivíamos en mundos separados, con reglas diferentes, conceptos y roles diferentes, y que eso era normal, y estaba bien. Hoy entiendo que eso es parte del problema, pero les prometo que nadie me lo había explicado. 

Creo ser muy afortunado porque siempre he estado rodeado de mujeres de enorme carácter y gran sentido de individualidad. Ellas me enseñaron a ser el hombre que soy el día de hoy, a veces por la buena, otras con más rigor. También creo ser muy afortunado porque la mayoría de los hombres que me educaron, y que me sirvieron de modelo, entendían a las mujeres como compañeras y aliadas, en lo más importante de la vida. Ambos, mujeres y hombres, me enseñaron a ser un caballero, y me gusta serlo. Me gusta abrir la puerta, me gusta esperar a que una mujer pase primero y me gusta quitarme el saco para que mi esposa no tenga frío. No lo hago porque las mujeres lo necesiten, lo hago porque me gusta ser un caballero. Me enseñaron que un caballero jamás es violento con las mujeres, ni física, ni psicológica ni verbalmente. Me enseñaron a sentirme una mierda por lastimar, de cualquier manera posible, a una mujer. Pocas cosas me afectan tanto como sentir que le hice daño, de cualquier forma, a una mujer. Me enseñaron a ser proveedor y protector, y aunque no siempre sé cómo hacerlo eficazmente, me pesa como nada no lograrlo, y me enorgullece como pocas cosas, cuando sí lo logro. Esos son algunos de los rasgos de mi concepto de hombre con los que crecí, y los que me convirtieron en el hombre que soy. Imperfecto e inacabado. 

Mi confusión hoy es que ya no sé qué de todo eso debo conservar y qué debo tirar a la basura. Ya no quiero cohabitar en el mismo espacio, pero desde mundos distintos, con reglas y conceptos diferentes. Quiero entender cómo lograr juntos esa equidad que con justicia ustedes exigen. Porque creo que sólo podemos conseguirlo juntos. 

No me identifico en lo más mínimo con esos imbéciles que han utilizado su posición o poder para violentar sexualmente a mujeres que sufrieron el machismo que se los permitía. Ni con aquellos que han violentado, de distintas maneras, a mujeres que confiaron en ellos. Es imprescindible denunciarlos, exponerlos, evidenciarlos y hacerles sentir todo el peso de la justicia.

Pero estoy seguro de que soy parte de un grupo más amplio y común de hombres que, por omisión o irresponsabilidad, hemos hecho patentes las diferencias y la inequidad, y hasta las hemos utilizado en nuestro favor. Estoy seguro de haber hecho o dicho cosas que no eran adecuadas, e hicieron sentir mal a una mujer. Y quiero aprender qué y por qué, para no repetirlo. 

Es un momento histórico porque se siente una necesidad de armonía, de trabajar juntos, de entendernos mejor, de ser justos, de nivelar el terreno, de crear oportunidades parejas. Detrás de la batalla dura y ríspida contra quienes se niegan a entender y cambiar, existe una necesidad de colaborar y tenderse le mano, entre mujeres y hombres que queremos un espacio común, en el que ambos podamos crecer libremente. Estoy convencido de que nos necesitamos mutuamente. Hace falta diálogo, confianza y empatía. Los muros sólo generan una falsa sensación de seguridad, porque aíslan, y te impiden ver la belleza de todo aquello que no habías entendido, y que hace más rico ambos mundos. Estoy listo para aprender. 

Da un chingo de miedo, y ese es el chiste

Ser poco, ser un fracaso, ser intrascendente, ser un mediocre, ser uno más del montón, eso es lo que más miedo me da en la vida. Siempre que siento que no estoy utilizando todo mi talento, toda mi energía, toda mi capacidad y toda mi creatividad, me siento un mediocre. Soy un juez muy injusto conmigo mismo, un juez implacable y disparejo. A nadie someto a los mismos criterios y estándares que utilizo para mi. El método de evaluación que utilizo conmigo es una suma de varios elementos. No sólo son las exigencias de perfección que fui recogiendo con los años de libros, personajes y vidas excepcionales, también se suman las evaluaciones que, según yo, hacen aquellos que comparten la vida conmigo, de mis logros diarios, y también de mis acciones y decisiones. Y para completar este complejo método de evaluación, se agrega, en el centro, el concepto de hombre que fui aprendiendo con los años, ese que dice que un hombre es siempre un proveedor eficaz, que logra el éxito profesional y económico a buena edad, para después sostenerlo permanentemente, en una curva ascendente, que no se puede cortar ni caer, nunca. Es agotador. Es imposible. Es una locura. Y, sin embargo, a pesar de saber que es injusto someterme a esta medición diaria, lo sigo haciendo. Sigo buscando en otros el reconocimiento y el aplauso, sigo poniendo en el dinero y en los títulos el parámetro, y sigo juntando ejemplos de personas excepcionales a las que tengo que alcanzar, a las que me tengo que parecer, para quitarme esta nube negra que me dice mediocre cada noche. Es una trampa que me obliga a caer, una y otra vez, en la misma sensación de insuficiencia, porque no hay manera de cumplir con todo lo que exige el método. Pero ya di el primer paso: ya lo puedo ver venir con claridad. Ya lo conozco. Ya tengo identificada la trampa que me hago yo solo. Ya me cacho haciéndola, y ya no quiero. El paso que sigue es tan simple como difícil de lograr: parar, simplemente parar. Se trata de aprender a callar esa voz interna en cuanto empieza a joder con una evaluación imposible de lograr, y simplemente escuchar a la voz del alma que te dice por dónde y para qué.

Desde hace varios años estoy tratando de encontrar mi propósito, mi misión. En mi alma siempre aparecen las mismas frases: construir un país más justo e incluyente, mejorar la forma de hacer gobierno, crear una ciudadanía de individuos libres que construyan un mejor lugar. Por años he tratado de estudiar y entender todo lo que puedo acerca del Estado, de la acción de gobierno y de la naturaleza humana para poder servir mejor en mi propósito. Por años he dado clases para escuchar salir en mi voz estas lecciones y ver en mis alumnos la resonancia de estas ideas. Por años he observado la política y he tratado de participar en sus discusiones, para entender mejor las reglas no escritas del juego y conocer mejor a sus diferentes actores. Por años he tratado de crear algo propio, que contribuya a cambiar ese juego, a mejorarlo, a convertir la política en un instrumento de servicio. Estoy convencido de que se puede. He probado muchas cosas. Unas han funcionado, otras han sido un rotundo fracaso. Mi contribución se ha ido perfeccionando. Mi voz parece más clara y mis ideas más congruentes. Quienes me escuchan o me leen me entienden mejor que antes, y, creo, me perciben más auténtico. Por primera vez en mi vida me ilusiona más todo el camino que me falta por recorrer que haber conseguido algo. Me falta mucho por entender y por estudiar, pero me siento cerca de hacer que mi contribución sirva de algo. Es mucho más completa que antes, y se siente cada vez más como mi propósito real de vida.

Creo que estoy cerca de crear una nueva propuesta de cómo hacer política, para qué hacer política y por qué hacer política. Estoy seguro de que el modelo actual de política está completamente agotado y la gente está harta. También estoy seguro de que la mayoría de las personas quieren hacer algo, pero no saben cómo. Creo que estoy cerca de crear instrumentos útiles para que muchas personas puedan entrarle a la discusión de la política, y contribuir con su talento y energía a la construcción de un mejor país. Creo que está a la vuelta de la esquina ese último paso que me permitirá crear esa herramienta que empodera ciudadanos y los mueve a la acción. Me siento cerca de lograrlo. 

Y, sin embargo, uno de cada tres días me da miedo seguir por el mismo camino, porque nada de lo que estoy haciendo de lunes a domingo parece cumplir con los estándares tradicionales con los que suelo medirme. Aún no son un éxito económico, tampoco se adaptan a los estándares tradicionales de alguien “exitoso”, no hay reconocimientos, no hay títulos ni cargos importantes, no hay garantías de nada, y el futuro es absolutamente incierto. Se siente cerca, y a la vez muy lejos. Y eso da mucho miedo. “¿Y si te dejas de mamadas y pides un empleo?” dice mi voz interna a cada rato. “¿Y si dejas de soñar imposibles y pones los pies en la tierra?” me repite implacable. Pero, después del ataque de pánico, mi respuesta siempre es la misma “esto es lo que yo quiero hacer, este es mi propósito”. Y, así, a pesar del miedo, planeo seguir intentando. Porque, como dijo Mandela “Aprendí que el valor no es la ausencia del miedo, sino el triunfo sobre el miedo. Un hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista sus miedos”.

Gracias por leerme. 

La conquista de tu espacio

 

Me refiero al espacio interno, al lugar físico en el que habitas y al espacio público. Tres dimensiones que todo ser humano requiere para ser, para estar y para desarrollarse. Para algunos es una re-conquista, para otros es la primera batalla. Para unos es una guerra abierta, para otros es  una dinámica sutil de pequeñas victorias diarias. Para unas personas es el último respiro de oxígeno antes de asfixiarse, para otros es un conjunto de batallas preventivas para no perder el espacio vital. Cada quien libra su batalla, de acuerdo con su carácter, su personalidad y sus circunstancias. Cada uno sabe qué tanto lo necesita y cuánto está dispuesto a ceder. Lo que es un hecho es que nadie puede ser libre si no sabe cuál es su espacio desde lo interno, en su entorno personal y en su espacio social/político. No es una batalla que se lucha una vez para ganarla y descansar, es una gesta constante, no por ganar metros cuadrados, sino por obtener un lugar en el que puedo ser, sin tener que parecerme a otros o rendir cuentas a nadie. Es el lugar desde donde surge la creatividad, la energía para servir y la posibilidad de amar. Es tu lugar en el mundo, para ser lo que el mundo necesita de ti.

El espacio interior. Es ese lugar en el que se cruzan permanentemente tus emociones, tus sentimientos, tus pensamientos, tus sueños, tus angustias, tus miedos, tus deseos, tus ahnelos, tus recuerdos, tus aprendizajes y tus impulsos. Nadie lo conoce como tú, nadie tiene acceso a él. Y así debe ser. Es tuyo, te pertenece. Es en realidad la única propiedad real y absoluta que siempre tendrás en la vida. Es un lugar confuso, incongruente, abrumador, pero también es un lugar maravilloso, infinito, mágico, inacabable y lleno de posibilidades. La conquista del espacio interior no es una lucha con otros, es contigo, con tu ego. Este espacio no lo tienes que proteger de nadie, porque nadie puede entrar. Lo tienes que reclamar de ti mismo, reconquistarlo de ti mismo. Se trata de arrebatárselo de vuelta al adulto aburrido, necio, cuadrado, mortificado y flojo en el que me he convertido. Se trata de poder habitar ahí adentro en santa paz. Se trata de verme hacia a dentro y no sentir culpa y vergüenza de nada de lo que sucede ahí adentro. Todo lo que sucede ahí adentro está bien, porque nada de lo que sucede dentro de mí puede estar mal, sólo es, sólo sucede, y está fuera de mi control. Lo único que puedo controlar es qué hacer con todo eso. La idea es poder ver hacia dentro y ver la luz que hay ahí con la misma paz que se ve la oscuridad, porque dentro están ambas, y está bien. La reconquista del espacio interior implica no hacer jucios de valor de mis emociones, de mis sentimientos, de mis deseos, de mis pensamientos o de mis anhelos, y sólo aprender a convivir con todos ellos, para conocerme cada día más y de ahí, crecer. Es una batalla diaria, permanente y muy dificil. No tiene tregua ni recreo, y cuando dejas de librarla, se pierde mucho terreno. La buena noticia es que siempre es un buen momento para empezar.

El espacio físico en el que habito. Es el lugar en el que convivo diariamente con mi tribu, con los míos, con las personas que la vida me dio la oportunidad de amar y servir. Este espacio está íntimamente ligado al primero. Entre más estoy en el espacio interior, más fácil es encontrar mi lugar en el primer espacio físico en el que habito, y más fácil es para los otros ocupar el suyo y entenderse conmigo. La reconquista del espacio físico que habito no es sólo reclamar de los otros unos metros cuadrados que sean míos, sino tener la capacidad de procurame mi propia privacidad, mi propio lugar desde el cual pueda respirar en paz para ser, para estar, para crear, para vivir y para contruir. Pero se trata también de ser el promotor, el impulsor y el protector del espacio de los otros. Si cada uno tiene su espacio, si cada uno de los que cohabita conmigo puede reclamar su terreno, si yo respeto el lugar de cada quien, puedo exigir que se respete el mío. Éste ha sido uno de los grandes retos en este encierro. En mi caso lo he logrado a medias, para mí y para los míos, y es momento de asumir la responsabilidad de reconquistarlo, o nos acabaremos matando en esta casa. A mí me toca reconquistar el mío, es mi responsabilidad y de nadie más. Yo solo me permití perderlo. Pero también me toca promover y respeter el espacio privado de mi tribu. Les urge. Nos urge.

Y, finalmente, está el espacio público. Se trata de ese lugar en el que se cruzan millones de anhelos, deseos, necesidades, miedos y problemas de millones de personas. Todos diferentes, todos erosionados de una u otra forma, todos encimados y poco sensibles al otro. La reconquista del espacio público implica tres cosas. Primero, el reconocimiento de que es un espacio común, del que nadie es dueño, porque nos pertence a todos. Segundo, la conciencia de que no hay una sola persona igual en ese lugar, y tenemos que construir un espacio en el que quepan absolutamente todos. Y, tercero, la necesidad de crear oportunidades para que todos puedan aportar algo, para que todos sientan que es tambien su lugar, y sí se hagan corresponsables. La reconquista del espacio público implica asumir la responsabilidad de tomarlo en nuestras manos, y dejar de esperar que otros me constuyan un lugar para mi. Nadie lo hará. Se trata de salir a la calle todos los días y construir el espacio dónde yo puedo ser útil y servir, para transormar entre todos este país que puede ser un lugar increíble, nuestro lugar. 

Segunda Edición del Manual de Acción Política para Ciudadanos de a Pie

2021 es un año decisivo. Nuestra democracia está amenazada por una clase política que piensa que el poder es parte de su patrimonio. Este es el año en el que los ciudadanos les ponemos un alto y les enseñamos a trabajar para nosotros, para los ciudadanos. Este es el año en que nosotros ponemos la agenda pública, nosotros hacemos que la lleven a cabo, nosotros vigilamos que no se desvían hacia sus propios intereses, nosotros pedimos cuentas y nosotros obligamos a que se hagan responsables. Este es el año. Es el año de NOSOTROS, los ciudadanos. Ya no hay otro. Pero “¿Cómo hacemos eso los ciudadanos de a pie?” Me preguntan a cada rato personas que me leen y me siguen. Para eso hicimos este regalo.

En este Manual te planteamos 100 acciones concretas, divididas en 10 temas, que TODAS Y TODOS pueden realizar para convertirse en esos ciudadanos que toman en sus manos la democracia, la hacen suya y la convierten en un instrumento que nos sirva a todos. El Manual está diseñado para que puedas seguir paso a paso cada acción y veas por ti mismo cómo crece tu relación con tu democracia. Está diseñado para generar en ti una nueva responsabilidad con tu país, pero constructiva, positiva, inclusiva. La idea es que te conviertas en un ciudadano crítico, analítico, vigilante, pero también creativo y propositivo. Y nunca dejes de serlo. 

Bájalo y compártelo por todas tus redes, pero también que lo imprimas y lo pongas en un lugar vistoso de la casa, para que te recuerde lo que aún te falta por hacer. Puedes imprimirlo, repartirlo, utilizarlo para platicar con otras personas sobre la participación ciudadana. Te damos la libertad para que utilices tu creatividad y promuevas con este Manual el rescate de nuestra democracia, como tú quieras, pero entre todos, para todos. 

Este Manual se convirtió en un instrumento lleno de arte gracias a la creatividad, ingenio y habilidad de 4 personas: Viviana Hinojosa, los Moneros Rictus y Alarcón, y el Hada Madrina que hace magia con todas las ideas que le propongo. A ellos 4 mi eterno agradecimiento por su generosidad y por compartir su arte con todos. RESCATEMOS MÉXICO

MAX