El Incómodo | Episodio 4 | El Sumiso
25 Sep 2021

El Incómodo | Episodio 4 | El Sumiso

25 Sep 2021

Una novela de ficción, dolorosamente cercana a la realidad

Narrado en Voz de Laisha Wilkins

Después de colgar con el Gordo, el secretario Ruiz subió angustiado a su Suburban negra blindada, seguido por otra idéntica, llena de escoltas, de esas que ya no habría en este gobierno. La “austeridad” había sido una treta engañabobos que sólo afectó a los niveles medios del gobierno, es decir, a cientos de miles de servidores públicos que perdieron sueldo, seguros, prestaciones y fueron sometidos a un implacable control de lealtad partidista, mientras los secretarios y subsecretarios vivían como mirreyes, tal como los del gobierno anterior, que tanto criticaron.

Gabriel Ruiz Sanmartín era el secretario de comunicaciones y transportes del gobierno del presidente Lorenzo. Se trataba de un cargo que jamás en su vida soñó tener, para el cual, además, no tenía la más mínima experiencia o preparación.

Ruiz era un gris expresidente municipal de Texcoco y exdiputado local de ese mismo distrito. Era un consentido del presidente por su capacidad para conseguir dinero para el partido, en épocas electorales, “Es un mago para la lana” decía Lorenzo a los suyos.

Ruiz era uno de esos leales que hacía lo que fuera por el presidente Lorenzo, porque éste siempre le había pagado con candidaturas, impuestas por su manejo dictatorial en su actual partido, MOPENA (Movimiento Populista y Estatista Nacional), así como desde el partido del Sol Azteca, que destruyó sin piedad, después de utilizarlo a su antojo.

De ahí venía el poder y el control de Lorenzo sobre su gente, de su capacidad para regalar cargos a personas pequeñas, mediocres y poco preparadas, que juraban lealtad a cambio de un simple hueso con presupuesto público y algo de poder. Esa deuda eterna le permitía a Lorenzo pedirles cualquier cosa, someterlos a cualquier ridículo, y desconocerlos cuando no los necesitaba más. Todos eran desechables.

En las últimas cuatro décadas se habían sumado decenas de traiciones a miembros de sus círculos más cercanos. No sólo personas sobre las que tenía jerarquía política, sino también aquellos que lo llevaron al poder, como el Ingeniero Cardona, que lo encumbró para luego ver como su hijo político lo desconocía y lo traicionaba. O la señora Rosaura Robaina, que desfalcó al gobierno de la ciudad de México para pagar la primera campaña electoral de Lorenzo, y luego fue sacrificada por él, como si fuera un rito azteca, necesario para calmar a los dioses.

La combinación de agradecimiento y terror convertía a sus cercanos en cómodos súbditos que accedían a cualquier instrucción. Así estaba conformado su gobierno, las bancadas de MOPENA en el Congreso Nacional y en los locales, y también en los gobiernos locales y municipales que pertenecían a su partido. Un ejército de dóciles títeres que movía a placer, que tenían muy poco tiempo, energía e interés para dar resultados a sus gobernados, porque trabajaban de tiempo completo para una sola persona.

“Gordo, te veo en 20 min en el café de siempre” dijo el secretario Ruiz con voz casi de autoridad.

Las dos Suburbans negras frenaron súbitamente en la calle de Masaryk, para el terror de los comensales del café, que disfrutaban del sol de mediodía, en las mesas de la banqueta. Se bajaron cuatro escoltas de la camioneta trasera, con armas largas en la mano y lentes oscuros ochenteros en la cara. Corrieron a la camioneta de adelante para abrir la puerta y de ella bajó un tipo poco agraciado, de baja estatura, de traje café y camisa beige, que no parecía encajar con la escena de película gringa.

Caminó detrás de dos escoltas hacia el interior del café, hacia la mesa en la que ya se encontraba el Gordo. Se sentó y sin saludar le dijo “Gordo, necesito que me hagan el paro con otro proyecto. Antes de poder gestionar que les den a ustedes solos el proyecto grande que platicamos, tienen que probar su lealtad”.

“¿De qué se trata Gabriel?” preguntó ansioso el Gordo. “Necesito que acaben primero el Tren México-Toluca, y que lo hagan funcionar, aunque sea en un tramo, antes de que acabe el gobierno de Lorenzo, para que lo inaugure, junto con la regenta de la ciudad” dijo el secretario Ruiz con voz temblorosa. “No mames Ruiz, ¡esa obra es un desastre! El que le meta mano a ese elefante blanco no sólo perderá millones, sino que, además, se pone en la mira de todo mundo. Esa obra está llena de minas a punto de explotar. No seas ojete” dijo el gordo con la cara roja y el puño apretado sobre la mesa.

“Es la única forma de demostrar que están dispuestos a colaborar con nosotros. Es instrucción del patrón” dijo Ruiz con cara de arrogancia y sonrisa fingida. “Necesitamos a un constructor de confianza que esconda toda la mierda anterior, trabaje rápido, con poco presupuesto y sin hacer preguntas. Tómenlo como una inversión en el futuro” remató.

“¿Cuál futuro cabrón? Esto nos va a tomar lo que queda del sexenio” dijo el gordo irritado y frustrado. “Cecilia será la próxima presidenta Gordo. Si ustedes le ayudan con esto, el sexenio que entra serán los consentidos, probados y sin competencia” dijo Ruiz levantado los hombros como señal de lo inevitable.

“Tengo que platicarlo con mi Jefe, no va a ser fácil justificar ante el Consejo por qué nos meteríamos en una obra como esas” dijo el Gordo cada vez más nervioso.

“Tú siempre sabes cómo convencer a quien sea gordo, eres el rey de los placeres prohibidos” dijo Ruiz con una carcajada, mientras se paraba y caminaba hacia la salida.

“Jefe, tenemos que hablar, te veo en la ofician” dijo el gordo por teléfono mientras se paraba, con la camisa empapada de sudor y el corazón a mil por hora.

Leave a comment
More Posts
Comments
Comment