El Incómodo | Episodio 3 | El Berrinche
18 Sep 2021

El Incómodo | Episodio 3 | El Berrinche

18 Sep 2021

Una novela de ficción, dolorosamente cercana a la realidad

Narrado en voz de Laisha Wilkins

Mientras se desarrollaba la comida en Polanco, en el austero Palacio Nacional, el presidente Aurelio Mariano Lorenzo Obregón hacía uno de sus temidos berrinches. Esa imagen de viejo bonachón, que el público le conocía, era muy diferente al hombre iracundo, necio y lleno de complejos que su equipo cercano sufría todos los días. Todo tenía que girar en torno a su persona. Su necesidad por ser la primera y la última palabra en cada reunión era absoluta. Así se hablara de petróleo, la economía, la salud o la educación, el presidente Lorenzo tenía que poner el tono de la reunión al inicio, y dar el manotazo final para cerrar cualquier reunión. Su ego lo obligaba a ser la primera y la última palabra.

Su gabinete estaba reducido a un mediocre grupo de gerentes que escuchaban su conferencia mañanera todos los días, rezando por no ser convocados o nombrados, para así poder pasar otro día como jarrones de adorno en sus lujosas oficinas. Sobrevivir era su única misión. Cada día que ocupaban esos cargos, que le debían al presidente Lorenzo, era un día más de ganar un sueldo que jamás imaginaron, de tener un cargo que nunca soñaron, y de utilizar el poder que tenían para asegurar el futuro que cada día se veía más incierto. Gobernar y dar resultados era lo último que les preocupaba. En su lista de prioridades estaba: agradar al presidente Lorenzo, bajar la cara, ser discretos, sobrevivir y utilizar el poder para hacer el guardadito que cada día parecía mas necesario.

El berrinche de ese día tenía que ver con las nuevas cifras sobre el aumento de la violencia. Los homicidios habían roto un nuevo récord. Su secretario de seguridad le había informado que, al ritmo que iban, apenas pasando la mitad de su sexenio rebasaría el número total de homicidios del sexenio de su eterno enemigo, el expresidente Carreón. Su ego lo torturaba por dentro. Le gritaba implacable que doblara la apuesta, que mantuviera el camino, que era preferible fracasar en este rubro que reconocer que se equivocaron en la estrategia. “Inventemos una nueva manera de medir la violencia” le gritaba su ego por dentro, mientras escuchaba al secretario de la defensa pedir un mayor despliegue de fuerza en Guerrero y Michoacán.

La reunión acabó como todas: el presidente Lorenzo daba un manotazo en la mesa y gritaba instrucciones contrarias a las soluciones propuestas en la reunión. “Les ordeno que encuentren una nueva forma de medir la violencia, que ponga en ridículo a Carreón y me haga ver como un transformador de la seguridad” gritó mientras se ponía de pie y daba por terminada la reunión, con la mirada incrédula de su gabinete de seguridad.   Para el presidente Lorenzo lo más importante no era dar resultados, sino mostrar poder y jerarquía al interior de su gobierno. A todos les tenía que quedar claro quién era el jefe.

Camino a su despacho gritó “Ruiz, venga conmigo”. El secretario de comunicaciones sintió como se le helaba la sangre. Iba camino a la salida del salón y se tuvo que agarrar de una silla porque le flaquearon las rodillas. En su mente trataba de encontrar algún tema pendiente que le fuera a ocasionar problemas con el jefe. Caminó lo más lento que pudo, hasta cruzar la puerta y encontrar al presidente sentado detrás de su enorme escritorio, en esa gigantesca y lujosa oficina, de ese palacio que habitaron varios Virreyes de la Nueva España.

“Siéntese Ruiz, ¿Cómo va mi tren México-Toluca? ¿Cuándo lo voy a inaugurar?” El secretario Ruiz temblaba, no tenía la menor idea de cómo iba ese proyecto. El gobierno de Pérez Niembro se los había dejado botado, a medias, con miles de millones de pesos gastados, con trazos incompletos, problemas de tierras, además de burdos y enormes negocios de corrupción del gobierno anterior. Varios expertos le habían dicho a Ruiz que ese proyecto era un fraude completo: imposible de operar como tren rápido, un hoyo financiero, lleno de corrupción y un absoluto riesgo a la seguridad de posibles pasajeros. Pero, a su estilo, el presidente Lorenzo había sorprendido a todo su gabinete acordando con el gobernador del Estado de México, continuar con la obra. En su cálculo, la obra sería un gran instrumento de campaña para su candidata a sucederlo en la presidencia, la regenta de la Ciudad de México. La proyectaría como la gran modernizadora.

“Ya tenemos a un potencial constructor, leal a nosotros, que está dispuesto a seguir con el proyecto, sin hacer preguntas. Está desesperado por ser considerado por usted como aliado del gobierno, y hará lo que le pidamos” dijo Ruiz con voz temblorosa. “Véalo con mi hermano, si el lo aprueba, adelante. Que él se encargue de las aportaciones y los detalles” ordenó el presidente, corriéndolo de su despacho con un movimiento de la mano, y bajando la vista a un documento que tenía en su escritorio.

Ruiz salió casi corriendo, suspirando, y diciendo entre dientes “El pinche hermanito se va a llevar la mayoría de lo que me tocaba, carajo”. Una vez en la plancha del Zócalo, sacó su teléfono y dijo “Gordo, tenemos que hablar”.

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