El Incómodo | Episodio 2 | El Anzuelo
11 Sep 2021

El Incómodo | Episodio 2 | El Anzuelo

11 Sep 2021

Una novela de ficción, dolorosamente cercana a la realidad

Narrado en voz de Laisha Wilkins

El gordo y su jefe estaban a punto de levantarse e irse, llevándose consigo esa jugosa historia. El incómodo no podía dejar pasar la oportunidad, y, sin pensarlo, se levantó, volteó a su mesa, y dijo en voz muy alta “Recuerden que soy amigo muy cercano del presidente Lorenzo Obregón, hace muchos años. A nadie escucha como a mí” Los cuatro de su mesa lo voltearon a ver con cara de sorpresa absoluta. Ninguno entendió el comentario, que nada tenía que ver con la conversación, y menos con la realidad.

De pronto lo vieron voltearse y caminar con una sonrisa cínica, muy cerca de la mesa de al lado, camino al baño. El anzuelo estaba tendido. El gordo fue el primero en acercarse a la trampa “¿Quién es ese güey? ¿Lo conoces?” le preguntó al jefe. “En mi vida lo había visto” le contestó. “Eso es justo lo que necesitamos cabrón, alguien cercano al presidente Lorenzo. Es la única manera de asegurar el contrato.” Dijo el gordo con voz de preocupación. “Sin duda. En este gobierno de nada sirve la palabra de un secretario, si no tienes la bendición de su mesías, el soberbio y sabelotodo Aurelio Lorenzo Obregón” aseguró el jefe con cara de enojo. 

En eso estaban cuando vieron caminar de regreso al gran amigo del presidente. Traje negro de talla exacta, camisa blanca perfecta, corbata negra delgada, caminando como dueño del lugar. El gordo se paró, se interpuso en su camino y le estiró la mano “Mucho gusto, soy Juan Colín ¿Te podemos invitar un trago y robarte 10 minutos?” El Incómodo hizo cara de sorpresa, le dio la mano y también saludó, fingiendo extrañeza, al amigo del gordo. “¿En qué les puedo servir?” dijo cordialmente. “¿Qué tomas?” le preguntó el jefe del gordo. “Una coca cola con mucho hielo” contestó. “No chingues, algo que valga la pena” dijo el gordo. “No tomo alcohol, pero una coca les acepto con gusto” dijo con una sonrisa. Ambos hicieron cara de desconfianza. Era común esa reacción en todo aquel que le ofrecía un trago, y era rechazado. Estaba acostumbrado, y nunca cedía, incluso a los chantajes de sus más cercanos amigos. 

“No pudimos evitar escuchar que eras amigo cercano del presidente Lorenzo Obregón” dijo el gordo. “Sí, somos amigos de años, lo he acompañado en todas sus locuras, escondido, detrás de los reflectores. No me gusta el escenario, nunca le he pedido nada, y por eso confía en mí. No soy de esos lambiscones que lo acompañan para tener un cargo. Nos respetamos mutuamente, y por eso me escucha” El gordo y su jefe se voltearon a ver como si hubieran encontrado 10 millones de dólares tirados en la calle. El anzuelo había sido mordido por completo. Se podía ver como atravesaba su paladar y salía por la nariz de ambos. 

El Incómodo dio un pequeño jalón más al carrete “Lo ayudo con proyectos importantes, sobre todo los que tienen que ver con obras públicas, desde que gobernaba la Ciudad de México”. El gordo y su jefe sentían como se les aceleraba el corazón, y les fue inevitable exhibir una sonrisa llena de ambición en sus rostros sudorosos. “Tenemos el proyecto perfecto para este gobierno moderno, transformador y tan preocupado por los pobres. Queremos poner nuestro granito de arena en este gran proyecto político del presidente Lorenzo” dijo el jefe como, si estuviera presentando un trabajo de civismo en la primaria, con una cartulina en la mano. Era casi cómica la escena, y absolutamente ridículo el discurso. Era increíble el nivel de lambisconería e indignidad al que estaban dispuestos a llegar los empresarios que sobreviven de la corrupción con el gobierno. 

“No es tan fácil, hay procesos” dijo el Incómodo fingiendo extrañeza y un poco de molestia. “Claro, lo entendemos perfecto, tenemos muchos años en este negocio y hemos pasado por varios gobiernos” dijo el jefe con voz agitada y remató “Por eso nos encantaría contar con alguien como tú de aliado”. Era casi demasiado fácil, pensaba el incómodo y siguió jalando el carrete para que el anzuelo se incrustara sin remedio “Primero necesitan mostrar su buena voluntad, apoyando al partido, por ahí empieza todo” les dijo con una seguridad asombrosa. 

“Eso ya lo hicimos, varias veces, y no fue poco lo que entregamos, ni fue fácil hacerlo sin que fuera fiscalizable por la autoridad electoral, tal como nos lo pidieron” dijo el gordo, confesando un delito electoral, a un completo extraño. “¿Saben cuántos empresarios hicieron eso en la pasada elección, esperando privilegios? La fila de favores es enorme, se necesita algo más para obtener la bendición principal” dijo el Incómodo con una carcajada interna que casi se refleja en su cara. “Pero el secretario está a bordo, ya nos prometió el proyecto” atajó el jefe. “Eso no quiere decir nada, y lo saben” les contestó el Incómodo. “Entonces ¿qué nos sugieres?” le preguntó el gordo. 

“Denme sus teléfonos y yo me pongo en contacto con ustedes” les dijo. Le entregaron cada uno una elegante tarjeta de presentación, con sus celulares privados escritos a mano, al reverso.  Se paró, y con una sonrisa casi burlona les dijo “Confío en su discreción, yo sólo trabajo de manera discreta y directa, si me entero de que le dijeron a alguien de nuestra plática, no volverán a escuchar de mí, ¿entendido?” les preguntó con jerarquía y autoridad. Los dos asintieron como niños regañados, mientras lo veían regresar erguido y seguro a su mesa. “Par de idiotas” dijo mientras se sentaba en su mesa, con la mirada incrédula de todos encima.

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