El Incómodo | Episodio 1 | La Comida
05 Sep 2021

El Incómodo | Episodio 1 | La Comida

05 Sep 2021

Una novela de ficción, dolorosamente cercana a la realidad

Narrado en voz de Laisha Wilkins

Le gusta escuchar las conversaciones ajenas. Le fascina conocer un pedazo de las vidas de otros. Asomarse por las ventanas que dejan abiertas para saber cómo viven, qué piensan, cómo sienten. Sentado en la mesa de un famoso restaurante de Polanco, en una aburrida comida de trabajo, escuchaba lo suficiente para no ser descortés, pero en realidad estaba metido en la conversación de la mesa de al lado.

Dos hombres muy bien vestidos, de cincuenta y tantos, hablaban acalorados y poco discretos sobre un gran negocio que estaba a punto de cuajar. Llevaban ya una botella de vino tinto caro, y empezaban la segunda, con un par de cortes gruesos de carne en la mesa. “Te digo que es cuestión de tiempo” decía el que no se había quitado el saco ni la corbata. “Ya no es como antes” reclamaba el otro, arremangado y sin corbata.

“Nunca nos habían tratado así. Acordar con un secretario de estado era garantía. Ahora parece un pinche volado. Toman la lana y luego se echan para atrás, con la mano en la cintura” decía pegando en la mesa. “Sí, le tienen pánico a su jefe. Pero nos necesitan otra vez, porque ya no se ve claro su futuro en este gobierno” contestó el gordo que acababa de manchar su corbata Ferragamo. “¿Cuánto quiere ahora este pendejo?” preguntó el que parecía más nervioso. “No quiere dinero. Quiere una parte del negocio” dijo mientras limpiaba su corbata con la Topo Chico que tenían en la mesa.

“Pinche atascado” dijo con la boca llena de carne, el que parecía tener la decisión en sus manos. “Y ¿cómo carajos quiere que le hagamos, para que nadie se de cuenta?” preguntó molesto. “Quiere acciones, a través de un fondo que maneja su hija, y una chamba para su hijo en la filial de España” dijo el gordo dando un enorme trago al vino nuevo.

“Que sofisticado me salió ahora. Hace unos años andaba pintando bardas y repartiendo folletos en su pueblo, y ahora resulta que es un elegante hombre de negocios, que en sus tiempos libres funge de secretario, ¿no?” dijo mientras cortaba un trozo de carne de la parrilla.

Lo sorprendente de la conversación era la naturalidad con la que se desarrollaba. Lo normal y común que parecía hablar de corromper al gobierno. No bajaban la voz al decir que se trataba de secretario de estado, ni cuando detallaban el plan para obtener el contrato. “Tenemos que obligarlo a diseñar el contrato lleno de huecos en los tiempos y en la supervisión. O vamos a perder un dineral, otra vez” dijo el que claramente era el jefe. “No te hagas pendejo, perdió dinero la empresa, tú y yo nos llenamos las bolsas con cada extensión del contrato.

Esa pinche obra no la vamos a terminar nunca. La maquinita del dinero sigue andando” dijo el gordo que no paraba de servirse enormes trozos de carne. “Hasta que nos cachen cabrón, o se acabe este gobierno y los nuevos nos manden a la chingada” dijo cada vez más nervioso el jefe.

“Escríbele tú el contrato gordo. Dile que sólo hay acuerdo si lo amarramos por todo lo que dure la obra. Ponle unas penas cabronas por terminarlo unilateralmente, tú sabes cómo hacer esas cosas. Pinches abogados siempre saben como hacer todo inentendible, para enredar todo y no perderle” dijo soltando una carcajada.

“Le vamos a meter el diente con los servicios extras y los estudios que nunca hacemos, vas a ver, tú sólo encárgate de enseñarle el dulce para que nos toque a nosotros el contrato” dijo el abogado gordo que ahora le hincaba el diente a una enorme rebanada de pastel de chocolate.

Su curiosidad estaba a tope ¿Qué obra era? ¿Dónde se desarrollaría? Debe ser un proyecto grande, pensaba. Ahora sí se había perdido por completo de la conversación de su propia mesa. No tenía idea de qué estaban hablando las otras cuatro personas que lo acompañaban.

 “¿Estás de acuerdo?” le preguntaron volteándolo a ver todos al unísono. “No sé, tengo que pensarlo” dijo apenado. “¿Qué tienes que pensar? Tú sólo das la conferencia y nosotros nos encargamos del resto del evento” le dijo extrañado uno de ellos. “De acuerdo entonces” contestó preocupado. ¿Conferencia de qué? ¿Dónde? Se preguntaba mientras su mente regresaba a la conversación vecina.

“Paga gordo” dijo el jefe con autoridad. “Paga la empresa, que estamos trabajando” dijo con sonrisa burlona. “Pagan los contribuyentes” dijo el jefe con una carcajada que provocó una mirada de desprecio del mesero, que nuestro amigo vio claramente desde su mesa. “Pinches cínicos” dijo entre dientes.

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