Da un chingo de miedo, y ese es el chiste
27 Feb 2021

Da un chingo de miedo, y ese es el chiste

27 Feb 2021

Ser poco, ser un fracaso, ser intrascendente, ser un mediocre, ser uno más del montón, eso es lo que más miedo me da en la vida. Siempre que siento que no estoy utilizando todo mi talento, toda mi energía, toda mi capacidad y toda mi creatividad, me siento un mediocre. Soy un juez muy injusto conmigo mismo, un juez implacable y disparejo. A nadie someto a los mismos criterios y estándares que utilizo para mi. El método de evaluación que utilizo conmigo es una suma de varios elementos. No sólo son las exigencias de perfección que fui recogiendo con los años de libros, personajes y vidas excepcionales, también se suman las evaluaciones que, según yo, hacen aquellos que comparten la vida conmigo, de mis logros diarios, y también de mis acciones y decisiones. Y para completar este complejo método de evaluación, se agrega, en el centro, el concepto de hombre que fui aprendiendo con los años, ese que dice que un hombre es siempre un proveedor eficaz, que logra el éxito profesional y económico a buena edad, para después sostenerlo permanentemente, en una curva ascendente, que no se puede cortar ni caer, nunca. Es agotador. Es imposible. Es una locura. Y, sin embargo, a pesar de saber que es injusto someterme a esta medición diaria, lo sigo haciendo. Sigo buscando en otros el reconocimiento y el aplauso, sigo poniendo en el dinero y en los títulos el parámetro, y sigo juntando ejemplos de personas excepcionales a las que tengo que alcanzar, a las que me tengo que parecer, para quitarme esta nube negra que me dice mediocre cada noche. Es una trampa que me obliga a caer, una y otra vez, en la misma sensación de insuficiencia, porque no hay manera de cumplir con todo lo que exige el método. Pero ya di el primer paso: ya lo puedo ver venir con claridad. Ya lo conozco. Ya tengo identificada la trampa que me hago yo solo. Ya me cacho haciéndola, y ya no quiero. El paso que sigue es tan simple como difícil de lograr: parar, simplemente parar. Se trata de aprender a callar esa voz interna en cuanto empieza a joder con una evaluación imposible de lograr, y simplemente escuchar a la voz del alma que te dice por dónde y para qué.

Desde hace varios años estoy tratando de encontrar mi propósito, mi misión. En mi alma siempre aparecen las mismas frases: construir un país más justo e incluyente, mejorar la forma de hacer gobierno, crear una ciudadanía de individuos libres que construyan un mejor lugar. Por años he tratado de estudiar y entender todo lo que puedo acerca del Estado, de la acción de gobierno y de la naturaleza humana para poder servir mejor en mi propósito. Por años he dado clases para escuchar salir en mi voz estas lecciones y ver en mis alumnos la resonancia de estas ideas. Por años he observado la política y he tratado de participar en sus discusiones, para entender mejor las reglas no escritas del juego y conocer mejor a sus diferentes actores. Por años he tratado de crear algo propio, que contribuya a cambiar ese juego, a mejorarlo, a convertir la política en un instrumento de servicio. Estoy convencido de que se puede. He probado muchas cosas. Unas han funcionado, otras han sido un rotundo fracaso. Mi contribución se ha ido perfeccionando. Mi voz parece más clara y mis ideas más congruentes. Quienes me escuchan o me leen me entienden mejor que antes, y, creo, me perciben más auténtico. Por primera vez en mi vida me ilusiona más todo el camino que me falta por recorrer que haber conseguido algo. Me falta mucho por entender y por estudiar, pero me siento cerca de hacer que mi contribución sirva de algo. Es mucho más completa que antes, y se siente cada vez más como mi propósito real de vida.

Creo que estoy cerca de crear una nueva propuesta de cómo hacer política, para qué hacer política y por qué hacer política. Estoy seguro de que el modelo actual de política está completamente agotado y la gente está harta. También estoy seguro de que la mayoría de las personas quieren hacer algo, pero no saben cómo. Creo que estoy cerca de crear instrumentos útiles para que muchas personas puedan entrarle a la discusión de la política, y contribuir con su talento y energía a la construcción de un mejor país. Creo que está a la vuelta de la esquina ese último paso que me permitirá crear esa herramienta que empodera ciudadanos y los mueve a la acción. Me siento cerca de lograrlo. 

Y, sin embargo, uno de cada tres días me da miedo seguir por el mismo camino, porque nada de lo que estoy haciendo de lunes a domingo parece cumplir con los estándares tradicionales con los que suelo medirme. Aún no son un éxito económico, tampoco se adaptan a los estándares tradicionales de alguien “exitoso”, no hay reconocimientos, no hay títulos ni cargos importantes, no hay garantías de nada, y el futuro es absolutamente incierto. Se siente cerca, y a la vez muy lejos. Y eso da mucho miedo. “¿Y si te dejas de mamadas y pides un empleo?” dice mi voz interna a cada rato. “¿Y si dejas de soñar imposibles y pones los pies en la tierra?” me repite implacable. Pero, después del ataque de pánico, mi respuesta siempre es la misma “esto es lo que yo quiero hacer, este es mi propósito”. Y, así, a pesar del miedo, planeo seguir intentando. Porque, como dijo Mandela “Aprendí que el valor no es la ausencia del miedo, sino el triunfo sobre el miedo. Un hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista sus miedos”.

Gracias por leerme. 

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