Una economía de barrio
05 Dic 2020

Una economía de barrio

05 Dic 2020

“Ahora me pongo diario patrón, y casi no vendo nada” nos dijo la doña de los tlacoyos con cara de tristeza. “¿Cuántas le doy?” corrió con una sonrisa el don de la miel, que tenía la camioneta llena de la mejor miel que he probado en mi vida. El corazón se me parte en dos, cada vez. Me gustaría hacer mucho más que comprar un poco de lo que producen estas increíbles y resilientes familias mexicanas, porque no les está yendo nada bien. Esta semana, gracias al Estudio sobre Demografía de los Negocios (EDN 2020) del INEGI, nos enteramos de un dato brutal: en lo que va del año, un millón de micro, pequeñas y medianas empresas cerraron sus puertas para siempre. Un millón de negocios pequeños y medianos, sustento de varios millones de mexicanas y mexicanos, simplemente dejaron de existir. Con ellos se fueron sus sueños y esperanzas de una vida digna y un futuro más estable, por los menos por ahora. 

Un millón de empresas. Te pido que te detengas a pensar en el número por un momento, y trates de imaginar a todas las familias que dependían de estos proyectos económicos. Te pido que pienses en la angustia de esas madres y padres mexicanos, que vieron desaparecer eso poco que habían acumulado con mucho esfuerzo. Cierra por un momento los ojos e imagina las fiestas decembrinas que van a pasar, y lo duro que será para ellos el inicio del año que viene. Dime que te surge la misma pregunta que a mí: “¿Cómo les puedo ayudar yo?” 

Por años hemos cerrado los ojos y olvidamos a la mitad del país: decenas de millones de mexicanos que lo intentan de todas las maneras posibles, todos los días, y no logran brincar al siguiente escalón. Sin muchas herramientas o tecnología, nula capacitación, muy poco apoyo financiero, pero muchas ganas y mucho trabajo, apuestan todo lo que tienen a un nuevo negocio, y así vemos surgir por todas las esquinas de las ciudades de México nuevos micro y pequeños negocios. Familias llenas de esperanza que lo vuelven a intentar, una y otra vez. Unos meses después de la gran inauguración con globos y una bocina rentada, la cortina de metal está cerrada, y la fachada ya volvió a cambiar. Rara vez imaginamos a la familia que perdió todo en esa nueva apuesta. Nos pasamos de largo, sin una sola emoción. ¿Quiénes eran? ¿Cuántas personas dependían de ese negocio? ¿Cuánto perdieron? ¿Había manera de ayudarles a hacerlo mejor? Nadie se pregunta, y yo ya no puedo con eso. Ya no quiero vivir en un país que no se ocupa de los suyos. Esta no puede ser la única manera de organizarnos como sociedad.

El 7 de mayo de 2020, en su inútil homilía mañanera el presidente dijo: “Que quiebren los que tengan que quebrar”. Así los dijo. Que se hagan responsables los empresarios, dijo el presidente. Y eso pasó, quebraron un millón de empresarios de diferentes tamaños, olvidadas por su gobierno, abandonadas a su suerte. Desde ese día el gobierno decidió que no era su responsabilidad crear políticas contracíclicas para frenarar un poco la caída de sus negocios y ayudarles a sobrevivir la pandemia. El gobierno seguiría gastando cientos de miles de millones de pesos del presupuesto público en tres proyectos faraónicos inviables y poco rentables, porque el orgullo del presidente es más importante que la vida de millones de familias mexicanas.

¿Es este el único modelo político-económico que se nos ocurre? ¿»Cada quien su pedo” y “primero el ego del presidente” es la mejor respuesta que tenemos a una crisis como la que vivimos? ¿Dónde carajos queda esa solidaridad natural que tenemos los seres humanos, ese espíritu de colaboración que nos ha sacado de las peores crisis, a lo largo de la historia? 

Yo creo que podemos hacer mucho más. No soy economista, ni pretenderé entender cómo reconstruir el modelo económico global, ni el nacional. Pero se me ocurren algunas ideas. 

¿Qué pasaría si a partir de hoy, todos empezamos a destinar una buena parte de nuestros ingresos para comprar bienes y servicios a los de nuestro barrio? Solo a los de nuestro barrio. Me refiero a las cosas básicas, a las de todos los días, a las que no requieren marcas específicas o una calidad técnica especial. ¿Qué pasaría si además lo haces con una sonrisa y te ocupas de conocer el nombre de la persona o la familia que está detrás de ese negocio? Quizás así empezamos a ponerles cara, nombre, corazón y alma a todas esas personas que pasan desapercibidas en esta jungla urbana, y que sufren en silencio. Quizá si empezamos a generar barrios más densos y humanos, en los que las personas se echan la mano y se hacen responsables del entorno, podemos generar una nueva forma de organizarnos. 

Esto además nos hará menos dependientes de un gobierno insensible, que no quiere ver ni atender la realidad, y nos hará mucho menos vulnerables a los vaivenes de la economía. ¿Qué perdemos con intentarlo? Quizá no cambiemos la economía del mundo, pero te aseguro que vas a comer miel y fruta más fresca, mejores tortillas, comida casera deliciosa, helados con más sabor, pero, sobre todo, serás responsable, por lo menos por un momento, de regresar la esperanza a las familias de tu barrio, que se rompen la madre todos los días, por un poco de certeza. ¿Cómo ves, lo intentamos?

Ilustración: Marco Colín

Leave a comment
More Posts
Comments
Comment