¿Para qué estoy yo aquí?
21 Nov 2020

¿Para qué estoy yo aquí?

En sánscrito le dicen Dahrma, en japonés le

21 Nov 2020

En sánscrito le dicen Dahrma, en japonés le dicen Ikigai, y en ambos se trata del centro en el que se combinan 4 diferentes conceptos: aquello que me genera pasión, aquello para lo que soy bueno, aquello que es útil para el mundo, y aquello que puede darme lo que necesito para vivir. No es un espacio físico, ni una meta, ni un lugar específico. Según lo que he logrado entender, se trata más bien de una aspiración permanente, un camino largo que no lleva a ningún lado específico, más que al crecimiento personal permanente.

Ilustración: Marco Colín

Según quienes saben de esto, la búsqueda de la felicidad como tal es inútil, si no se define de alguna manera. Dahrma o Ikigai son dos maneras muy útiles que he encontrado yo recientemente para describir esa elusiva y constante búsqueda de la felicidad. Porque, para eso estamos aquí ¿no?, para ser felices y gozar lo que somos. Mucho más fácil decirlo que lograrlo, aunque sea por unos minutos al día, ¿no es así? Más aún en este complejo 2020 que ha puesto a prueba todos los conceptos y las ideas que teníamos de la vida.

Antes de que abandonen el texto, no pienso darles una mala lección acerca de estos dos conceptos, ni echarles un rollo de cómo incorporarlos a su vida. Este texto es un intento por entender estos dos conceptos, entenderme a través de ellos, y compartirlo con ustedes. Espero me sirva, y les sirva a ustedes. 

Aquello que me genera pasión. No sé cómo definir esto sin caer en generalizaciones cursis o clichés baratos, pero lo voy a intentar. Me genera pasión entender cosas difíciles, fenómenos complejos, sobre todo los que tienen que ver con personas y la interacción entre ellas. Me genera pasión entender los motivos de las personas que mueven el mundo, así como su visión de la vida y sus estrategias. Me genera pasión tomar las grandes lecciones que surgen de estas personas y comunicarlas a otros, y tratar que a ellos les impacte de la misma forma que me impactaron a mí. Enseñar, educar, inspirar, mover a otros es lo que más pasión me genera. Estar en un escenario, en un salón de clases o en un zoom comunicando una idea que puede transformar a una persona es mi mayor pasión. Lo mismo me pasa cuando escribo algo como esto. Me apasiona pensar que uno de mis lectores tendrá un momento revelador con alguna de las ideas que escribo, y le va a servir para algo importante. Eso me mueve.

Aquello para lo que soy bueno. Este es quizá el que más trabajo me cuesta. Estoy educado para evitar la soberbia. “Elogio en boca propia es vituperio” me dijeron muchas veces quienes me educaron. Es una alerta roja que tengo siempre en mi cabeza. Y, aunque sigo creyendo que la soberbia es una terrible característica, la falsa modestia es una terrible limitante en mi vida. Así es que lo voy a intentar, aunque duela: soy muy bueno para entender fenómenos sociales complejos, extraer de ellos los elementos más importantes, olvidar lo efímero, crear un modelo sencillo, y explicarlo a otras personas. (Lo dije, “soy muy bueno”, y lo creí de verdad. Algo estoy haciendo bien). Así, las miles de horas de dar clases que llevo acumuladas, sumadas a las horas que tengo dando conferencias y cursos, viendo y leyendo al público, sus reacciones y emociones, juntos con las horas que hay detrás para estudiar y preparar clases y conferencias, me han dado una gran capacidad para ver más allá de lo obvio, crear explicaciones sencillas y ponerlas a disposición de otros. 

Aquello que es útil para el mundo. Quienes nacimos en los 70 vivimos durante un par de décadas en un mundo, o, por los menos en un país, con muy pocos puentes hacia la realidad. Había tres canales de televisión, tres periódicos, algunas revistas y libros. Esa era nuestra ventana al mundo. Así, los grandes maestros y líderes de la época eran los afortunados que tenían la posibilidad de acceder a información restringida para la gran mayoría, y tenían la plataforma adecuada para repetirla. Yo habría sido poco útil en esa época. Hoy, la información está al alcance de prácticamente todo mundo. Y es demasiada. En esta época el reto es discriminar, curar, sintetizar, enlazar y relacionar pedazos relevantes de información, para entender la realidad. El gran reto hoy es crear modelos sencillos para entender problemas sociales muy complejos, sin ahogarse en el tsunami de información, lograr que personas no expertas la entiendan y generar alguna reacción en ellos. Así, lo que hago bien es realmente útil para el mundo en este momento.

Aquello que puede darme lo que necesito para vivir. Este ha sido el gran reto creativo y personal de este año. Los empleos que podrían aprovechar de la mejor manera los tres elementos anteriores son muy escasos y están ocupados. Así, no me queda otra más que crear mi propio espacio para servir, con pasión, y aprovechar aquello para lo que soy bueno. Hacer esto a los 45 años, esposo y padre de dos hijos, con muchas responsabilidades, no sólo es difícil, sino, a veces, aterrador. La mayoría de los días sientes que estás arrastrando a todos a un sueño inútil y poco realista. La tentación de pedir un empleo en algún lado o buscar a una agencia de colocación es permanente. Pero tengo dos bendiciones. La primera es una familia increíble, así como un conjunto muy pequeño pero maravilloso de amigas y amigos que creen en mí, y me empujan todos los días a seguir buscando mi Dahrma. La segunda bendición es mi sangre. Vengo de un par de familias de necios que nunca se dan por vencidos, que incluso estuvieron dispuestos a dejarlo todo, para cruzar el Océano Atlántico y buscar un mejor lugar para construir una familia.

Así va mi búsqueda de mi Ikigai. Como lo advertí, no intentaba darles la receta para buscar el suyo, pero quizá leer esto los motive a hacerlo. Si lo logré con uno de ustedes, quiere decir que sí soy bueno para comunicar y para inspirar. 

Ilustración: Marco Colín
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