Restaurar la fe en la Democracia
07 Nov 2020

Restaurar la fe en la Democracia

No es perfecta, no es infalible, no

07 Nov 2020

No es perfecta, no es infalible, no es la receta para crear en automático un mundo feliz, pero en días como hoy, la DEMOCRACIA (con mayúsculas) nos regresa la fe en la humanidad. Por demasiados años la democracia se había convertido en un sistema que permitía a los más cínicos, los más demagogos, mentirosos y populistas llegar al poder, sólo porque gritaban más duro, dividían a la sociedad y radicalizaban al ciudadano común. Hoy quedó claro que eso puede parar. Es una señal de esperanza. 

El lunes el mundo seguirá exactamente igual. La pandemia continúa, la crisis económica se puede agravar, el racismo y la violencia seguirán siendo noticia en Estados Unidos, pero la fiesta que hoy se vive en las calles de las grandes ciudades norteamericanas nos dan la esperanza de que el camino puede ser diferente. 

En esta época de los populistas demagogos se estaba haciendo muy difícil explicarle a mis hijos y a mis alumnos las bondades y los principios esenciales de la democracia. ¿Cómo es posible que gane la presidencia de la democracia más vieja y poderosa del mundo un tipo abiertamente misógino, racista, violento, que amenaza a los medios y quiere utilizar la presidencia para acrecentar su fortuna familiar? Era la pregunta que me hacían. Pero si era difícil explicar por qué ganó la primera vez, hubiera sido absolutamente imposible explicar por qué, después de abusar del poder, tal como lo prometió, la gente lo volvía a llevar a la presidencia. Yo ya no hubiera sabido cómo explicar eso.

Afortunadamente ya no tengo que hacerlo, y hoy puedo escribir acerca de 3 grandes lecciones que nos deja esta elección. 

La primera gran lección es que las cuentas se pagan en una democracia. La gente sí tiene un límite al cinismo, a la mentira, a la violencia y a la corrupción. El júbilo en las calles que vemos hoy no es gratuito. No es el júbilo por el triunfo de un gran candidato. Biden no ilusionaba ni a sus más cercanos. Pero resultó ser el mejor candidato para derrotar al demagogo en los lugares esenciales. Hoy puede presumir que es el presidente con más votos de la historia: 74 millones y contando (Obama tuvo 69 millones). Le ganó por 4 millones a un presidente en funciones. Y eso es histórico. Es muy difícil ganarle a un presidente que tiene el control del aparato de gobierno completo, además del Senado, y que no tuvo empacho en utilizarlo con un enorme despliegue de cinismo. Mantuvo el control de la Cámara Baja y aún puede tener el control del Senado, con el voto decisivo de su vicepresidenta, la primera mujer en la historia en ocupar ese cargo. Volteó estados que llevaban tres décadas votando republicano como Georgia y Arizona (hasta hoy) y restauró la famosa muralla azul de Minnesota, Michigan, Wisconsin y Pensilvania, a favor de los demócratas. Y todavía hay quienes dicen que su victoria no es decisiva. Pero si regresamos a la campaña podemos observar que no es un triunfo sustentado en grandes propuestas ni un carisma arrollador. El proyecto de Biden es muy parecido al de sus antecesores. Durante la campaña escuchamos más slogans que políticas públicas concretas. Por el lado del carisma, es muy difícil sostener que el triunfo arrollador tiene que ver con la inspiración que provoca su persona. 

Se trata en realidad de una campaña que los politólogos estudiaremos por décadas. El lema de la campaña fue “We can restore the soul of our nation” (Podemos restaurar el alma de nuestra nación). Es una frase muy poderosa, y, al parecer, muy efectiva. Primero “We”, nosotros, un llamado a colaborar para reconstruir el país entre todos. Luego “Can” podemos, retomando el lema de la campaña de Obama “Yes we can”, un llamado a soñar que se puede, a restaurar la esperanza. Luego “Restore” restaurar, para hablar de algo que se ha perdido, pero no para siempre, y que se puede reparar. Y las palabras clave “Soul” y “Nation”. La primera evoca la idea de que hay algo que funda el proyecto de nación, algo que está detrás del poder y de sus motivos. Es una palabra que evoca principios fundacionales que no deben cambiar con cada elección, que no deben vulnerarse con un cambio de partido. Y finalmente, la palabra Nación, el lugar común, el lugar de todos, el espacio que no le pertenece a nadie porque les pertenece a todos. 

Yo creo que esa es la clave. Trump está pagando la cuenta de haber atentado contra el alma de una nación que se siente orgullosa de sus principios fundacionales. Creyó que todo esto había desaparecido, y se equivocó.

La segunda gran lección es que la gente se cansa de las mentiras, la polarización y la ineficacia en la acción de gobierno. Trump apostó todo a la economía. Si mantengo el tren de la economía funcionando, me amarán, pensó, y lo dijo varias veces con todo cinismo. Se equivocó. Estados Unidos es el país con más muertes totales derivadas de la pandemia de todo el mundo, y se ve lejos el control. En medio de la euforia de la elección regresaron a números alarmantes, no vistos desde agosto, de 1,000 muertes por día. En lugar de utilizar su poder para contener la pandemia, el presidente saliente se dedicó a jugar golf y a desviar la responsabilidad, además de atacar ferozmente a sus críticos, en lugar de salvar vidas. No más de esto, le dijo el electorado norteamericano. 

La tercera gran lección es que la democracia puede volver a ser ese espacio en el que nos juntamos los diferentes por una causa común. ¿Cuál fue la causa que unió a las personas de Georgía, Pensilvania, Michigan, Wisconsin, etc? Sacar al populista demagogo del poder. Así de sencillo. A partir de ahí, hay mucho trabajo por hacer, pero ya no tendrán que ocuparse del gran divisor. No tuvieron que ponerse de acuerdo en todo, sólo tuvieron que coincidir en una cosa: necesitamos deshacernos de la causa principal de la división.

Estas tres lecciones pueden importarse a México. Primero, tenemos que lograr que los políticos paguen la cuenta: hacerlos responsables por las mentiras, las promesas incumplidas, las amenazas a los críticos y la corrupción impune. Es hora de aprender a ser ciudadanos que someten a sus políticos a una rigurosa rendición de cuentas y corre de su chamba a los cínicos incapaces. Es hora de hacerles saber que creemos en la democracia y sus valores esenciales, y que queremos que esta Nación llamada México sea el lugar de Todos y para Todos. Segundo, es hora de rechazar la mentira y la polarización como forma normal de ejercer el poder. Necesitamos políticos que digan la verdad, que asuman la responsabilidad y se ocupen de unificar al país en un proyecto común. Y tercera, es momento de utilizar la democracia para lo que sirve: el espacio común en el que todos construimos un nuevo proyecto de nación. Se trata simplemente de ponernos de acuerdo en aquello que nos une, y aceptar la diversidad como algo que nos enriquece. Estamos listos.

Ilustración: Marco Colín
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