Ya no la cagues, por piedad
20 Jun 2020

Ya no la cagues, por piedad

20 Jun 2020

Ningún presidente en la corta historia de nuestra democracia tuvo condiciones tan favorables para hacerla en grande, como el que hoy nos gobierna. En palabras del clásico, la tuvo, era suya, y la dejó ir. 

De manera arbitraria me remonto sólo hasta el inicio de la transición a la democracia para no aburrirlos. En 1988 Carlos Salinas de Gortari ganó la presidencia en una muy cuestionada elección, plagada de trampas e irregularidades. El sistema electoral se cayó y se calló y nunca supimos el resultado real. Los dos candidatos de oposición lo denunciaron abiertamente y el presidente Salinas tuvo que gobernar siempre bajo la sospecha de fraude, cuestionado incluso por buena parte de su partido y con un país enojado, que apenas salía de la crisis de 1987 y el sismo de 1985.

Ernesto Zedillo llegó a la presidencia después de que le mataron al candidato a quien le coordinaba la campaña. Lo escogieron a él porque era el único secretario del gabinete que había renunciado a tiempo y cumplía con el requisito constitucional. El PRI tuvo que gastar cantidades absurdas de recursos para arrebatar la victoria. En los primeros 20 días de su gobierno la economía se desplomó, y tuvo que gobernar con la sombra del magnicidio y administrando la crisis económica.

Vicente Fox llegó a la presidencia después de arrebatar a su partido la candidatura, y sin el apoyo de buena parte de éste, tuvo que formar un gabinete compuesto por personas que se sentían dueños de la transición. Con el congreso, la mayoría de las gubernaturas y los congresos locales en manos del PRI, además de los sindicatos y todo el aparato administrativo, fue incapaz de construir un gobierno nuevo y sin peso muerto.

Felipe Calderón ganó una muy apretada elección, e inició su gobierno con la mitad del país gritando fraude. Aunque nunca se probó ni uno solo de los argumentos, esta sombra permitió al candidato perdedor crecer y estorbar todo el sexenio. Con el congreso sin mayoría propia y los gobernadores atrincherados en sus estados, su gobierno nunca pudo crear una identidad propia y un paso sólido.

Enrique Peña fue un gran candidato. Logró lo impensable: que la gente creyera que la quimera del “Nuevo PRI” era algo real y digno de confianza. Pero pronto se hizo evidente que esa gran coalición de priistas que se unió al candidato sólo era una manada de lobos que verían por su propio interés, en cada uno de los cargos repartidos. Nunca fue un gobierno en torno al presidente, sino un conjunto de grupos haciendo negocios propios con el pedazo de poder a su disposición. 

López Obrador llegó al poder en caballo de hacienda. Reivindicado en su discurso de la “mafia del poder” por el gobierno saliente obtuvo una votación histórica de personas convencidas y llenas de esperanza. Recibió un país con una economía mediocre pero estable, y las finanzas públicas más sanas en años. El Congreso más dócil de la historia democrática, los medios de comunicación a su disposición todos los días y los empresarios de México dispuestos a colaborar. La lideresa del otrora sindicato más poderoso del continente estaba en la cárcel y los demás sindicatos en ruinas, administrados por viejos dinosaurios sin poder real. La economía de Estados Unidos crecía y la inversión extranjera estaba dispuesta a creer en el nuevo proyecto. Era dueño absoluto de su partido y tenía a la oposición en franca retirada, apanicados y sorprendidos por la derrota que acababan de recibir. 

¿Qué hizo en 18 meses con todo eso? Quemar todos los puentes, destruir la confianza de propios y extraños, violar sistemáticamente la Constitución y las leyes, atacar instituciones fundamentales para la democracia, destruir proyectos de inversión fundamentales y viables, a favor de otros inútiles e inviables, atacar a medios de comunicación y opinadores que no le son cómodos, apostar el presupuesto al rescate de un Pemex en ruinas y a programas clientelares que no generan crecimiento, militarizar la seguridad pública y arriesgar el prestigio de nuestras fuerzas armadas con cientos de contratos de obra pública, por decir algunas cosas. 

Cómo se ve México hoy, 18 meses después:

  1. Este año se calcula que habrá 10 millones de personas nuevas en situación de pobreza
  2. La economía caerá entre -8 y -10% en términos de Producto Interno Bruto
  3. Hay más de 53 mil víctimas de homicidio en estos 18 meses
  4. 12 millones de personas perdieron su ingreso en un mes
  5. Se pierden 8 empleos por minuto
  6. Salen miles de millones de pesos del país y la Inversión está en su peor nivel en años
  7. Morena, el partido en el poder, vive una guerra interna con acusaciones penales de lavado de dinero, entre ellos mismos, y al más alto nivel
  8. Un presupuesto federal que es ya una ficción fiscal, con cráteres más grandes que la luna
  9. Medios de comunicación y empresarios hartos de la situación del país, y más hartos aún de ser llamados enemigos de la transformación
  10. Un país completamente dividido y sin grandes esperanzas
Ilustración: Marco Colín

Hay dos grandes lecciones de todo esto. La primera es que gobernar es una muy difícil y compleja responsabilidad. Incluso con las mejores condiciones se puede hacer un desastre, si no hay pericia, rumbo, proyecto, experiencia y capacidad.

La segunda lección es que siempre se puede estar peor. No hay un piso para la tragedia. Las cosas no mejoran sólo por haber llegado al peor lugar. 

Estamos a tiempo de aprender, finalmente, de estas dos lecciones. Es momento de empezar a pensar en el proyecto de país que queremos. Es momento de construirlo, de ponerlo en blanco y negro, de soñarlo y de ponernos a trabajar para construirlo. No se construye solo, es momento de poner a las grandes mentes de México a trabajar.

Leave a comment
More Posts
Comments
Comment