Sobre la congruencia
23 May 2020

Sobre la congruencia

23 May 2020
Congruencia es claridad

Pedir congruencia no es pedir perfección, sino claridad. Todos somos falibles, y estamos llenos de imperfecciones, pero unos las esconden señalando las de otros, y hay quienes simplemente las aceptan y las exponen sin temor. Los segundos ofrecen claridad, los primeros confusión. 

Yo prefiero la claridad. Prefiero a las personas que siempre son como son, en contextos y momentos distintos. Me es más sencillo entender a las personas que se ríen de sus propios defectos, que aquellas que se ríen de los defectos de otros. Admiro a las personas que trabajan en sus propias carencias, y me alejo de aquellas que sólo están buscando las carencias ajenas.

Congruencia es correspondencia, no infalibilidad. La propia pretensión de ser infalibles es absolutamente incongruente con nuestra naturaleza humana. Somos siempre seres en construcción, y es precisamente la experiencia, los errores y las malas decisiones las que nos ayudan a ser mejores personas. 

La confusión entre congruencia y perfección es muy común en todas nuestras relaciones. Es común pensar que un amigo, mi pareja, un hijo o un jefe me piden perfección, cuando en realidad sólo quieren un poco de claridad y correspondencia entre lo que digo y lo que soy. 

Esta confusión es también muy común en la política. Los ciudadanos perecemos exigir de los políticos perfección, cuando sólo necesitamos claridad. Y ellos, por su lado, entienden que lo más importante es parecer, y no ser, para llenar la expectativa. 

Así, la democracia se ha convertido en un peligroso y aburrido juego de artistas que dedican su vida a construir una imagen de perfección, para luego dedicar la otra mitad de su vida a cuidar que nadie descubra que todo era una farsa. Y por eso nunca tienen tiempo para gobernar y dar resultados. Están cuidando ese incongruente castillo de naipes que se cae al primer soplido.

El gobierno actual está compuesto por personas que dedicaron los últimos 20 años a señalar todas y cada una de las fallas políticas y personales, de todos los que ocuparon el poder en esos años. Hasta ahí, todo bien. Esa es precisamente la tarea que cumple quien desde la sociedad vigila al poder. 

Pero cometieron dos errores. El primero fue que la mayoría de sus juicios se fundaron en una base moral, que solo tenía dos cajones: los buenos y los malos. Los buenos eran ellos, los que señalaban. Los malos eran los poderosos, los señalados. No había matices. Nunca los hay cuando se utiliza ese efímero concepto llamado la moral.

El segundo error es que prometieron que al llegar al poder serían diferentes. Es decir, que a ellos el poder no los transformaría.

Y pasó lo obvio. El poder los desnudó. No los transformó, simplemente los encueró. Y hoy, sufren desde el poder ese mismo estándar que los hizo populares y los llevó al poder: dos cajones, los buenos y los malos, y los malos siempre están en el poder. 

Las duras decisiones que se tienen que tomar desde el gobierno no permiten valoraciones morales simplonas con dos rígidos cajones. Pero ellos hicieron popular ese criterio. 

Ya ni siquiera es posible llevar registro de todas las veces que han hecho o dicho algo que criticaron ferozmente en el pasado.

Y esa incongruencia es brutalmente visible y confusa para muchos. Ahí está, todos los días, en decisiones de gobierno que afectan vidas humanas.

El pedestal de superioridad moral en el que estaban se destruyó, y hoy sólo les queda tratar de gobernar, así, como simples mortales falibles.

La pregunta es ¿Y ahora que hacemos? Y no, como preguntaban las personas en el Chapulín Colorado “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”

Lo que necesitamos es construir entre todos una gran coalición de líderes congruentes, imperfectos, éticos e íntegros, que pongan su experiencia, su tiempo y su capacidad en la reconstrucción de por los menos cinco grandes temas: la salud, la seguridad, la economía, la educación y el cuidado de nuestro entorno. 

Rechacemos la superioridad moral, en favor de los liderazgos congruentes. 

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