Las Locas Aventuras del Moches
21 Abr 2020

Las Locas Aventuras del Moches

21 Abr 2020

Capítulo 8

Por Max Kaiser y Rictus

(Sátira política basada en casos y estrategias de corrupción reales, con personajes completamente ficticios, pero muy parecidos a los que conocemos tú y yo)

Las palabras del Plomero retumbaban en su cabeza, “entrar a las grandes ligas” de la corrupción era su sueño dorado de toda la vida.

El Moches soñaba con “retirarse”: ese momento mágico en el que el dinero mal habido es suficiente para vivir como millonario, sin tener que volver a trabajar. Así imaginan muchos corruptos la vida de los millonarios a los que tanto admiran en secreto.

Los imaginan tirados en un camastro, en alguna de sus casas, en una paradisiaca playa, con un exótico coctel en la mano, viendo en su Smartphone como crece su fortuna, sin mover un dedo. Esa es la fantasía: tener para gastar a manos llenas, sin tener que trabajar. En su mente existe un monto que, una vez alcanzado, sirve para siempre, y nunca se acaba. En su imaginación, muchos corruptos creen que esa carga horrible de la vida llamada “trabajar”, un día puede evitarse. 

Pero esa fantasía tiene un elemento adicional. En sus sueños, el Moches la ve siempre acostada a su lado, mientras disfrutan ambos de unas Medias de Seda, en su casa de descanso de Caleta, al pie de unas columnas romanas, junto a la alberca gigante en forma de corazón, donde la Venus de Milo de bronce verde finalmente descansa. 

Abundancia Duarte era la asistente de su jefe, en la Delegación Xochimilco. Era una mujer llena de ambición, que siempre lo veía con desprecio. El Moches vivía secretamente enamorado de ella, a pesar de recibir constantes groserías de su parte.

Abundancia Duarte era una mujer voluptuosa, de labios gruesos y melena de colores brillantes. El “animal print” en todas sus versiones parecía ser la única tela aceptable para conformar su vestuario. Al verla, era imposible saber en qué había ocupado más tiempo de la mañana: el peinado lleno de spray, la cara llena de maquillaje de todos colores, o en colgarse todos los adornos que aderezaban su cuello, orejas y muñecas. Sus uñas eran siempre de un largo peligroso, y parecían un espectáculo de colores exóticos. Era gritona y mal hablada. En secreto le decían la Jarocha. Ella odiaba el apodo y podía hacerle la vida miserable a quien descubriera llamándola así. 

Abundancia Duarte platicaba de su infancia en Lomas Verdes, al norte de la Ciudad de México. Presumía ser hija de un famoso empresario de esa zona, y de haber ido a los mejores colegios privados de las Lomas. Pero todo el mundo sabía que había nacido en Alvarado, Veracruz. Un municipio ubicado en la Laguna de Alvarado, pegado al municipio de Boca del Río. Alvarado era famoso en todo México por el folclore con el que habla su gente, que no se guarda un solo adjetivo al conversar. Gritones y divertidos, sus padres eran dueños de un pequeño local de mariscos, del que Abundancia siempre renegó.

Al cumplir 16 años, Abundancia Duarte les rogó a sus padres que la mandaran a casa de una tía que vivía en Lomas Verdes, en la Ciudad de México, y desde entonces no ha regresado a su ciudad natal. Su padre gastó una fortuna en su capricho, y hoy en día, nadie sabe el grado académico que alcanzó. 

En la Delegación Abundancia le exigía a todo mundo que le dijeran la Licenciada, aunque nadie ha visto nunca un título que avale esa exigencia.

El Plomero no preguntaba, Abundancia Duarte era una mujer muy eficaz, que resolvía todos los problemas de su oficina. Con régimen dictatorial y muy malos modos, tenía a toda la Delegación marchando al son que ella tocaba. 

El Moches pasaba por su oficina varias veces al día. Se desvivía en cortesías, elogios y piropos. Abundancia Duarte lo veía con desprecio y siempre le decía “cuando puedas darme la vida que merezco, me buscas Moches”. 

Por eso, “entrar a las grandes ligas” de la corrupción retumbaba en su mente como marimba veracruzana. Finalmente podría darle a la exuberante Abundancia Duarte la vida que merecía. 

“Abundancia, soy el Moches, no cuelgues. Sólo llamo para decirte que pronto podrás tener todo lo que soñaste. Estoy a punto de hacerla en grande” dijo el Moches a través de su celular, acostado en su cama, con una vieja taza del PRI en la mano, mientras tomaba su Nescafé, con la bata puesta y sus pantuflas de panda sucias subidas en la colcha. 

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